Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

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47 ronin (Chushingura)

Título: 47 Ronin (ちゅしんぐら )

Dirección: Hiroshi Inagaki

Interpretación: Hoshiro Matsumoto, Yuzo Kayama, Tatsuya Mihashi, Akira Takarada, Yosuke Natsuki, Makoto Sato.

 

 

 

 

Japón 1962

-“Es muy triste que los pétalos caigan porque el viento los arrastra, pero es más triste que una vida deba terminar en plena primavera”.

-“Se duda hasta la hora de la muerte, quizás los humanos seamos así”.

Japovendetta.

Inagaki lleva al cine una de las historias más conocidas dentro de la tradición oral japonesa, para poner en cinta los valores a los que nos tiene acostumbrado este tipo de cine donde el honor y la lealtad son temas más que recurrentes. Algo tiene la historia cuando la literatura, el cine, o el teatro han hecho hincapié en ella a lo largo de la historia, comenzando por uno de los grandes como Kenji Mizoguchi, que ya adaptó al celuloide esta trama en 1941. Ahora le toca el turno a los americanos quienes están realizando su propio remake en un filme que verá la luz en noviembre de este mismo año, con Keanu Reeves como protagonista. Antes de que eso se produzca quiero hacer esta reflexión con esta historia engendrada en Japón y por los japoneses, según muchos la mejor adaptación que se ha realizado sobre los 47 ronin.

La historia tiene lugar entre 1701 y 1703 cuando estalla la rivalidad dialéctica entre dos jefes de clanes japoneses que finalmente desembocará en catana. El agresor será obligado a cometer hara-kiri, pero desde ese mismo instante los samurais que le juraron lealtad comienzan a establecer un lento plan hacia la venganza, fría y sin remordimientos para lavar el honor de su clan, a la batalla final llegarán 47 guerreros que, al no tener ya amo, se consideran ronin no samurais.

Si la venganza se sirve fría y es un plato lento de cocinar en esta ocasión lo es más todavía. La película dura 207 minutos (casi cuatro minutos y medio por ronin) y eso es mucho pese a que Ingaki recorta casi 40 minutos al filme que había realizado Mizoguchi dos décadas atrás. A simple vista no parece necesaria tal longitud de metraje, ya que muchas escenas e incluso tramas secundarias enteras son perfectamente prescindibles. Ingaki trata de contar la historia desde todos sus aspectos e implicaciones, pero esta carga puede resultar pesada para el espectador, aunque el ritmo no se resiente en demasía pese a la longitudinal percepción del director japonés.

La sucesión de tramas a lo largo de tanto tiempo, hace que también el filme tenga que responder a diversos problemas de montaje que no terminan de resolverse del todo bien. La película cuenta con cortes abruptos en su narración, que no le permiten la continuidad deseada, y que dejan demasiado tiempo las escenas sin desarrollarse. El único intento de organizar el filme que hace el director es el de dividirlo en dos partes diferenciadas, ‘flores’ y ‘nieve’.

Pese a todo, el valor principal de la película es la historia, e Inagaki sabe contarla, con toda su pasión, su venganza, su historia de amor, sabe detectar el honor en la filmación y enaltecerlo, en definitiva, sabe contar.

Nota: 5

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Cuentos de la luna pálida de agosto

Título: Cuentos de la luna pálida de agosto.

Dirección: Kenji Mizoguchi.

Interpretación: Machiko Kyo, Mitsuko Mito, Kinuyo Tanaka, Masayuki Mori, Sakae Ozawa.

Japón. 1953

 

 

 

 

 

 

 

 

-“En esta vida, para ascender, a veces hay que aguantar sinsabores”.

-“Entre vuestros dedos mis piezas me parecen maravillosas, ahora entiendo que su belleza depende que quién las utiliza. Le agradezco que use mis cerámicas”.

-“La guerra cambia el carácter de la gente”.

Los sinsabores del éxito.

Una fábula con su moraleja acerca de la búsqueda de la felicidad y de que hay que tener cuidado con lo que se desea. La obra maestra de Mizoguchi es una coctelera donde se mezclan en pequeñas dosis toda la temática clásica del cine japonés, la vida feudal, las guerras entre samurais, las leyendas fantásticas con sus ánimas actuando como personajes, el honor de las mujeres… sumando además un tema tan occidental como el de la ambición, aunque con un resultado mucho más moralista que el que pudiera haber resultado de una producción de Hollywood.

El ritmo de la película es sólo ligeramente lento, mucho más acelerado de lo que suele apreciarse en las cintas que por esta época solían realizarse en tierras niponas y por lo tanto la película pasa con cierta cadencia y es digerible.

Mizoguchi logra hacer maravillas con el blanco y negro y dibuja una atmósfera tenebrosa, apuntalando los claroscuros de la pantalla, cincelando los encuadres de la cámara hasta lograr composiciones armoniosas, especialmente admirables las neblinas sobre el agua o las casas carcomidas por el tiempo. Mizoguchi acude en demasía al plano secuencia como recurso para distribuir la historia, lo que en mi opinión va en su detrimento y la penaliza con un punto de amalgamamiento que se podría haber evitado, sin dejar de admirar que por separado dichas secuencias están magníficamente dirigidas. Tampoco es una película en la que el espectador pueda llegar al 100% a identificarse con los personajes (complejos y bien diseñados) tal vez solo por las diferencias culturales que separan a este espectador de la producción, pero en cualquier caso no me emocionan las vivencias de estos personajes que desde luego sí viven avatares en los que dejar un trozo de sentimiento.

La obra merece la pena en si por su valor didáctico, por su honestidad a la hora de presentar diferentes temas y propuestas, por tener un hilo argumental sólido (tal vez demasiado ramificado en cuanto a las acciones de sus personajes) y por su excelente planificación técnica, pero se desmerece en cuanto a un montaje ineficaz (cuando los personajes toman caminos diferentes la obra se convierte en una sucesión de bloques dispersos), su exceso de moralina y por el inevitable paso del tiempo, y es que sigo sin acostumbrarme del todo al granulado y el ruido de fondo que desvían la atención en las películas acusadas de senectud.

Nota: 6

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