Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

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Fellini, ocho y medio (8 ½)

Título: Fellini, Ocho y medio (8 ½)

Dirección: Federico Fellini

Interpretación: Marcello Mastroianni, Claudia Cardinale, Anouk Aimée, Sandra Milo, Rossella Falk, Barbara Steele, Mario Pisu, Guido Alberti.

Italia. 1963

 

 

-“¿Una crisis de inspiración? ¿Y si esto no fuera algo pasajero señorito? ¿Y si fuera la caída final de un cochino farsante sin olfato ni talento?”

-“Creo que el cine no es bueno para ciertos temas, usted mezcla con ligereza el amor sacro y el amor profano ¿no es verdad? Y tiene una gran responsabilidad, puede educar o corromper a miles de almas”.

-“Quise hacer un filme honesto, sin mentiras en absoluto, pensé que tenía algo que decir, así de sencillo, algo útil para todos, que ayudase a enterrar para siempre todas esas cosas muertas que llevamos dentro, sin embargo, soy el primero que no tiene el valor para enterrar nada. Ahora tengo la cabeza llena de una confusión tan grande como esta torre”.

-“Destruir es mejor que crear cuando no están creando cosas realmente necesarias?

Matrioshka

Déjate llevar. Fellini juega al trilero cambiando el cine para siempre… ahora por aquí… ahora por allá… es magia, es arte. Como las famosas muñecas rusas (matrioshka) que se esconden unas dentro de las otras, el genial director italiano esconde una película, dentro de otra, dentro de un sueño, dentro de los recuerdos de infancia del propio director, y con todo hace malabares, salpica la pantalla de frenesí, de delirios, de escandalosos sueños psicoanalizados, de belleza, de escenas costumbristas, de rencores eclesiásticos y de mucho cine, de metacine en todas sus facetas en las que ni siquiera el alter ego creador sale bien parado. 

La magnitud de la obra es tal, que Fellini prácticamente requirió de inventar un nuevo  lenguaje cinematográfico para engranar esta nebulosa, esta compleja red artificial destinada a las profundidades del alma. Se vale para ello de poderosas y evocadoras imágenes, planos lejanísimos para mostrar la soledad del hombre como en un cuadro de Friedrich, microelipsis para acelerar la resolución de un sueño, iluminaciones aberrantes que pasan del fogonazo de luz a la más tenebrista oscuridad sin avisar, entelequias conceptuales para dibujar tan especial universo…

Todo el proceso es apasionante, intuitivo, arte extremo… pero como ocurre muchas veces cuando hablamos de arte con mayúsculas en su concepción más intelectual, tiene un problema, la egolatría.

‘Ocho y medio’ es un peliculón, pero no está hecho para el gran público, ni siquiera para el pequeño público, está hecho para el propio Fellini, para escarbar en sus recuerdos, para autoexhibirse. No queda ninguna duda de que el personaje interpretado por el gran Marcello Mastroianni (Guido Anselmi) como director de cine en crisis creativa, no muestra más que las dudas del propio Fellini, sus propios temores a perder su esencia intelectual, sus sueños de alzarse como macho dominante en su harem de actrices, su tendencia a banalizar aquello que no le gusta (como hacen los grandes egos). La película es Fellini, y Fellini tiene escenas y recuerdos y una capacidad técnica memorable y digna de aclamar y admirar, aunque su particular rebelión contra el cine no llegue a muchos, aunque se enrede en los círculos de la crítica especializada. 

De fotografía deslumbrante, con buenas interpretaciones (con una aparición estelar de la gran Claudia Cardinalle) y con una banda sonora que sí ha traspasado fronteras temporales (su misiquilla circense aún resuena en la memoria de muchos). A veces resulta inconexa en los recuerdos que se desperdigan, a veces parece perdida y embrollada, demasiado compleja, pero … que se le puede reprochar a una película que habla de sí misma, ¿Quién soy yo para juzgarla si la obra se juzga a sí?… No obstante le pondré una nota para no perder la costumbre.

Vea el trailer de la película

Nota: 8 (sin el medio)

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El estado de las cosas

Título: El estado de las cosas

Dirección: Win Wenders

Interpretación: Patrick Bauchau, Allen Garfield, Isabelle Weingarten, Geoffrey Carey.

Alemania. 1982

 

 

 

-“Las historias sólo existen en las historias, mientras que la vida continúa sin volverse una historia”.

-“Nunca pensé en el blanco y negro hasta que vi el muestrario. La vida es en color, pero el blanco y negro es más realista”.

-“Una película sin una historia es como hacer una casa sin paredes”.

La casa sin paredes

El propio Win Wenders lo reconoce en el guión de su película: “una película sin una historia es como una casa sin paredes”, pero Wenders no se aplica el cuento. La película además de aburrida (muy aburrida) es egocéntrica ya que el director parece estar hablando de sí mismo continuamente, en un filme sobre el cine mismo y los entresijos de su industria, metacine propiamente dicho pero con un guión poco definido, sin giros argumentales, sin interés y que se hace larga entre conversación y conversación sin que lleve a ningún sitio. No debieron pensar lo mismo en el Festival de Venecia en el que le otorgaron en León de Oro a la mejor película, pero en mi opinión hay que armarse de paciencia para terminarla.

Tiene el toque de distinción de Wenders que la hace algo más atractiva, paisajes desoladores, hombres desamparados ante la inmensidad de la naturaleza (como en los cuadros de Fiedrich, curiosamente, el nombre del protagonista de la película), una preciosa fotografía en blanco y negro, y esa desconcertante música electrónica ochentena que reviste de cierta intriga y solemnidad al filme. Son todos efectos apasionantes toques de buen director, pero sin una buena historia no hay casa donde habitar, y la narración de este equipo de una película que culminando el rodaje de un filme post holocaustito se queda sin financiación y sin cinta para rodar,  no me despierta el menor interés… y menos Wenders prosigue hablando de sí mismo, de su estilo, de lo comercial  que es Hollywood, de las dificultades de un rodaje, de la motivación de los actores… supongo que a muchos directores les gustaría en la época un filme valiente que habla sin tapujos, pero para el espectador normal, que no tiene porque dominar la técnica cinematográfica, entiéndame señor Wenders, no tiene el menor interés, la película es una enorme laguna de conversaciones insípidas y pseudo intelectuales acerca de la razón de ser del propio cine así hasta los últimos 20 minutos cuando el director decide viajar a Los Ángeles en busca del productor que los ha dejado tirado. Ahí la historia gana algo de interés (no mucho no se crean), hasta llegar a un final que por inesperado, no es menos absurdo y que constituye la única acción de todo el filme.

Si resulta verdaderamente curioso el principio de la película, donde el director alemán nos sumerge directamente en la historia que está grabando el equipo, una película de ciencia-ficción en la que el sol quema y rodada con unos toques amarillentos, mugrientos que resultan atractivos e inquietantes. Pero la metapelícula se corta y nos deja la película a secas, mucho más alejada de los gustos del espectador, más seca argumentalmente. Y aunque las críticas internas hacia el propio mundo del cine se digan en voz alta, pasan desapercibidas ante la dosis de dormidera suministrada. No tan desapercibida pasa su hipnótica textura, pero… para mi no es suficiente.

Nota: 3

La ansiedad de Veronika Voss

Título: La ansiedad de Veronika Voss

Dirección: Rainer Werner Fassbinder

Interpretación: Rosel Zech, Hilmar Thate, Cornelia Froboess, Annemarie Duringer.

Alemania. 1982

 

 

 

 

 

 

 

 

-“Ahora te pertenezco, lo único que me queda por darte, es mi muerte”.

-“Luces y sombras, los dos secretos del cine ¿lo sabías?”

-“No querrás morir ¿verdad?, podrás morir cuando yo lo decida”

Crepúsculo barroco.

El complejo personaje de Veronika Voss (una famosa actriz durante el régimen del III Reich que se ve arrastrada a la más absoluta decadencia tras la II guerra mundial) marca la extraña esencia de este film, de aires expresionistas y que está abigarrado al pesimismo exacerbado y a un decrépito tono clásico que le da una huraña identidad. Voss es un personaje visceral, histriónico, neurótico, atormentado por enfermedades psicosomáticas y por una locura creciente que además se ve envuelta en una sucia trama de tráfico de medicamentos (morfina para ser más exactos) que la lleva directamente a los infiernos, lo cual resulta más duro aún para una persona que vivió en el estrellato del cine alemán. Esta madeja argumental ya hace que de por sí el relato sea muy poco creíble, demasiado enrevesado, y que el personaje, pese a su definida y moldeada personalidad no enganche al espectador hacia la misma locura. Siempre hay un muro entre la película y el espectador y eso ya resta mucho crédito a la misma y más cuando el guionista se permite algunas concesiones que el espectador medio no está dispuesto a tolerar. Algunas incongruencias tendrían fácil remedio pero en la película aparecen añadiendo más caos a la trama.

Otra de las experiencias que ofrece la película en un sentido negativo es su registro sonoro en cuanto a la música se refiere. Todas las escenas con una mínima tensión se solventan con un molesto sonido de percusión a grandes decibelios que llevan incluso a apartar la atención de la escena y lo peor es que no se diversifican si no que se utiliza el mismo recurso una y otra vez. La banda sonora en general, más que acompañar confunde y nos encontramos con contradicciones de música suave y envolvente en situaciones de verdadero dramatismo en lo que se nos cuenta, parece que el director está empecinado en alejarnos de la película. Si Fassbinder no consigue desgajarnos con todo lo anterior, lo conseguirá a buen seguro con el montaje y la conexión de las escenas. Aquí el director alemán sorprende con una extraña sucesión de escenas que en muchos inicia directamente por su climax, sin solución de continuidad, sin advertencia previa que deja la sensación de haberte dejado parte de la película por el camino, es muy abrupto en el montaje. En cuanto a su conexión, el corolario de cortinillas y fundidos con el objeto de darle un aire retro al filme es lamentable, sobre todo si no se busca ningún otro método para engarzar escenas. Nuevamente lo mejor está en el plano técnico y aquí sí es sublime (alguna lógica tendría que tener su Oso de Oro en el festival de Berlín). Para empezar el director rueda la película en blanco y negro, pero con un tono especial aún más antiguo y decadente, más funesto que, esta vez sí, es totalmente apropiado para la película. El efecto tenebrista que consigue con la iluminación, es soberbio, destacando blancos brillantes que contrastan con negros exageradamente oscuros, rescatando la herencia expresionista del cine alemán. Las escenas íntimas a la luz de las velas, inducen más al pavor que al erotismo, un efecto preciso para las necesidades del complejo personaje de Veronika y los movimientos de cámaras, juegos de espejos o fraccionamiento de los personajes a través de puertas y ventanas son realmente fantásticos. También resultan los escenarios sobrecargados, barrocos e inquietantes que dibujan una escena compleja llena de cachivaches polvorientos muy efectista. Todo el envoltorio es fantástico, lástima que falle el contenido.

Nota: 3

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