Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

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La guerra de los botones

Título: La guerra de los botones

La nouvelle guerre des boutons

Dirección: Christophe Barratier

Interpertración: Guillaume Canet, Laetitia Casta, Kad Merad, Gérard Jugnot, Jean Texier, François Morel, Marie Bunel.

 Francia 2011

 

 

-“Esta guerra acabará cuando todos los Velrans vayan con el culo al aire”

-“Lo que te he dicho es un secreto, si lo cuentas, jamás volveremos a vernos”.

-“Si no hubiera habido guerra jamás nos hubiéramos conocido, me habría quedado en Berlín”.

 

Batalla de niños.                                                      

 

Película familiar, sensiblera, poco atrevida, nada profunda, que apenas araña un retazo complicado como el de la segunda guerra mundial y la persecución de los judios, basando la película en un simple juego de niños, transformándola más en una cinta para los pequeños de la casa, que en una denuncia social, que apenas aparece, pese a lo agrio del tema de transfondo.

Como ya ocurriera en El niño del Pijama de Rayas o La Vida es Bella, ver el conflicto de la mano de un niño, puede ayudar a disimular y dificultar la dureza, los ojos inocentes esconden la crudeza, pero la muestran y enseñan sobre ella, no es el caso, aquí el conflicto apenas aparece, todo es dulcificación, la guerra es una trama secundaria y la principal es el juego de los niños a la guerra cuyo botín son los botones de camisas y pantalones de los integrantes del otro bando, de ahí el nombre de la película.

Toneladas de almíbar, eso es lo que encontrará en una película muy apta para ver en familia pero sin el mayor interés narrativo, con una puesta en escena acartonada, una trama que no avanza porque tampoco da para mucho más (es un juego entre niños tampoco se puede esperar mucho más) y dónde las tramas secundarias (la resistencia de la izquierda francesa al dominio nazi, la persecución contra una niña judía, o la historia de amor entre el profesor y una vieja ‘amiga’ que llega al pueblo, están absolutamente desaprovechadas en función de dosificar más azúcar y estereotipar los momentos no vaya a ser que alguien se sienta molesto. El resultado final es algo bastante artificial, aunque al fin y al cabo bastante agradable e incluso entretenido, aceptable si no se le quiere exigir más a una película, ideal si la quiere ver con su hijo sin necesidad de que usted se aburra.

En el plano técnico cuenta con una bastante aceptable fotografía, aunque en realidad los paisajes resultan demasiado bucólicos, sacados de una postal impresionista, poco originales pero bellos al fin y al cabo.

Y como no también cuenta con el personaje encantador y dicharachero de poca edad que pone la nota de humor (otro topicazo) y que es la portada del cartel de la película pese a que su relevancia en la trama es nula y su personaje es de bufón dentro del grupo.

En fin, de escasa veracidad histórica y sin ninguna intención de análisis la película no tiene otra intención que la de entretener, enternecer al público con diversas escenas (los niños nunca fallan y ablandar un poco el corazón… No es mucho, pero al menos pasará un buen rato.

 

Vea el trailer de la guerra de los botones

Nota: 4

 

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¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú

Título: ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú.

Dr. Strangelove or How I learned to stop worrying and love the bomb.

Dirección: Stanley Kubrick

Interpretacción: Peter Sellers, George C. Scott, Sterling Hayden, James Earl Jones, Keenam Wynn, Slim Pickens.

Reino Unido. 1964

 

 

-“Profesor, según lo expuesto y a fin de que los hombres no defrauden sus optimistas cálculos de reproducción tendremos que resignarnos al abandono de la monogamia en lo que se refiere a los hombres como elemento activo…  Por desgracia sí, pero es otro sacrificio que exige el futuro de la raza humana y añadiré que ya que cada hombre deberá realizar un prodigioso servicio de superación, las mujeres deberán ser seleccionadas por unas características que causen su admiración”

-“No quiero pasar a la historia como el mayor asesino de la historia de Adolf Hitler”

-“Caballeros, no pueden pelear aquí, esto es la sala de guerra”.

El Apocalipsis más satírico.

Solo a Kubrick se le podría haber ocurrido algo así, tan sumamente delirante como para hacernos reír con un holocausto nuclear de fondo, con la extinción de la vida humana sobre la mesa y al mismo tiempo para hacernos reflexionar y despertar la sensibilidad social acerca de la tensión bélica y sus peligros en plena guerra fría.

La cinta es altamente corrosiva, cínica, con un humor negro indigesto para los poderes públicos, terriblemente crítica, altamente imaginativa y con un guiño terrorífico hacía lo que podría haber pasado en un momento de la historia de alta tensión, pues aunque Kubrick hace más llevadera la amenaza con el humor, la certidumbre de que algo parecido pudiera haber pasado realmente no abandona al espectador.

La capacidad de repartir estopa que tiene Kubrick a diestro y siniestro en esta película no tiene parangón. Comenzando por una clase política poco previsora, absurdamente competitiva, cínica e hipócrita y machista, seguida por una clase militar enloquecida, obsesiva, peligrosa, incauta y mujeriega, y seguida por la clase media estadounidense, el hombre corriente que se comporta como borregos, incapaz de decidir por si mismo y de convertirse en falsos héroes para cumplir órdenes por absurdas que estas sean. Con este panorama de personajes nos encontramos a un animal de la interpretación que hace de esta película algo sumamente especial, un Peter Sellers que realiza tres de los papeles protagonistas de este filme con una solvencia extraordinaria y como era costumbre en este extraordinario actor improvisando en muchos de los momentos por importantes que fueran para el filme. Así, Sellers interpreta al extraño Doctor Strangelove que da nombre al título original de la película, un ex nazi que asesora en materia de tecnología militar y otros aspectos científicos al presidente de los Estados Unidos. También interpreta Sellers al capitán Mandrake, el ayudante del General Ripper (Sterling Hayden) que es el que inicia la revuelta militar contra la URSS y el del propio presidente de USA (llamado Merkin Muffey en el filme), todos ellos con características muy diferentes y que el gran Sellers borda a la perfección.

A esto hay que sumarle un buen trabajo técnico y de dirección (aunque desde luego no es el mejor trabajo de Kubrick en este aspecto) y un guión bastante bueno, con grandes frases hilarantes y momentos para mitificar, especialmente el del cowboy sobre la bomba, otro de los momentos con los que Kubrick ha conseguido engrosar la lista de iconos de la historia del cine.

Todo ello hace de ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú (Pena de muerte al genio que se le ocurrió traducir el título) una película más que interesante pero que sin embargo peca en algunos momentos de pequeños fallos como por ejemplo algunas escenas demasiado repetitivas que pueden hacer bajar el listón del filme y llegar en determinados momentos a aburrir, una banda sonora que aunque genial también resulta reincidente y ‘pesada’ y la extrema caricaturización de algunos personajes hasta el grado de los histriónico lo que hace que la película pierda mucha credibilidad y eficacia, pecando de exageración. Aún así, no dejará de ser memorable, otra de las geniales obras del genio Kubrick, uno de los grandes de este invento llamado cine.

 Vea un trailer de ¿Telefono Rojo?

Nota: 7

La vida es bella

Título: La vida es bella

Dirección: Roberto Benigni

Interpretación: Roberto Benigni, Nicoletta Braschi, Giorgio Cantarini, Marisa Paredes.

Italia. 1997

 

 

 

-“A partir de mañana pondremos un cartel ¡Prohibida la entrada a las arañas y a los visigodos! Se acabó, me tienen frito esos visigodos”.

-“El primer premio es un carro blindado de verdad, nuevo, nuevo”.

 

El mayor optimismo ante la mayor tragedia.

 

Cuando uno ha publicado más de 280 post en este blog sobre críticas de cine, se da cuenta de que tal vez ha utilizado muchos adjetivos a la ligera, ya que, cuando se cruza con una película como ‘La vida en ella’ no quedan elogios suficientes para hacer justicia a esta historia maravillosa, sorprendente y terriblemente conmovedora.

Esta hermosísima narración es directamente un monumento audiovisual, un poderosísimo alarde de imaginación pero basando los hechos en una historia real, tan real como los campos de concentración nazis en los que murieron 6 millones de judíos y con esta base ¿Qué se puede esperar de esta película? Pues lejos de ofrecernos otro drama sobre el holocausto, nos encontramos con una de las películas más optimistas y positivas jamás realizada y ahí radica su grandeza, en hacernos llorar de alegría y emoción y no de tristeza en uno de los marcos históricos en los que la humanidad ha sido más cruel y dañina. La historia que nos cuenta Benigni es en sí una paradoja, un imposible hecho realidad y que funciona a la perfección sacando a cada momento la sonrisa del espectador en mitad del estertor judío. Pero tampoco se olvida de la tragedia de la que somos testigos, hay momentos que serían dolorosísimos si no estuvieran envueltos en ese aura de optimismo. Y es que si en muchas de las tragicomedias que vemos a diario se ofrecen risas y llantos pero en diferentes momentos y escenas de la película. Lo que nos ofrece este filme italiano es la perfecta fusión entre ambas para que se desarrollen a la vez aunque con una clara preponderancia del optimismo.

Benigni no solo domina la historia detrás de la cámara, contando esta compleja historia con una sencillez y soltura digna de elogio, sino que también se como la cámara como actor. Su personaje, que ha nacido para hacer feliz a los demás, para hacer reír y para inventar, está definido a la perfección y la interpretación es simplemente magistral, dotando a Guido de una entereza firme ante la tragedia y de un sentido del humor prodigioso, además de una benevolencia difícil de creer en el mundo real pero que gracias a su gestualidad y a su risa contagiosa resulta totalmente verosímil.

Un apartado especial merece la pegadiza composición musical de Nicola Piovani, una melodía llena de positivismo que tarareará sin darse cuenta incluso varios días después de haber visto la película y que además acompaña perfectamente al espíritu de la película.

Localizaciones, vestuario, maquillaje, montaje, todo resulta casi perfecto para acompañar a la historia, pero es en el guión donde se encuentra la clave para que ‘La vida es bella’ se convierta en un futuro clásico. La idea primigenia, la chispa que hizo brotar este filme es sensacional, rebosa creatividad y es de por sí un seguro de arte. Todo basado en la personalidad encantadora de un judío jocoso capaz de desdramatizar el más terrible de los acontecimientos en beneficio de la felicidad de su hijo. Benigni nos enseña que siempre hay esperanza y que el amor triunfa sobre la muerte y que todo, absolutamente todo, tiene una lectura positiva. La película es un triunfo del ingenio, que hace llorar alejándose de la sensiblería barata, que ridiculiza la intransigencia de los hombres sin ser reivindicativa, que expone la esencia de la felicidad con una pasmosa naturalidad.

A todo esto hay que sumar las críticas sutiles que va dejando a lo largo de la película, payasadas al fin y al cabo para hacer reflexionar sobre el fascismo, la libertad, la educación y el amor y que al mismo tiempo nos sirven para hacer reír.

Y es que en el propio título de la película se encierra el mensaje, que no puede ser más directo. Pese a todo, la vida es bella, y por muchas crueldades y atropellos que sufra el ser humano, éste tiene la capacidad intrínseca de superarlos y de ver el lado positivo de las cosas, un mensaje que cala muy hondo, hondísimo y que hace que ‘La Vida es Bella’ haya pasado a la historia y tenga garantizado un puesto en ese escaso Olimpo de películas que pueden competir con los clásicos y que han sido realizados después de los 80, porque quién vea la película no podrá olvidarla y no podrá evitar llenarse de optimismo aunque sea por un rato.

Nota: 10

 

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