Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

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Orfeo negro

Título: Orfeo negro

Dirección: Marcel Camus

Interpretación: Breno Mello, Marpessa Dawn. Lourdes de Oliveira, Jorge Dos Santos.

Francia. 1959

 

 

 

-“Ahora estás en mis brazos Eurídice, te protegeré siempre, contra todo, yo te quiero Eurídice, nunca más vas a tener miedo, nunca”.

-“Los desaparecidos no están entre los papeles, todo lo contrario, ahí es donde desaparecen”.

Mito en el sambódromo.

El mito de Orfeo y Eurídice vuelve de las leyendas de la antigua Grecia hasta el Brasil de los años 50 en tiempo de carnavales. Marcel Camus adapta la clásica historia (no directamente si no a través de una obra de teatro que ya tuvo esta misma idea) con unos personajes que tienen los mismos nombres que los originales y que se enamoran igual que en el antiquísimo mito, pero claro, adaptado a los tiempos modernos, y Orfeo, utiliza una guitarra en lugar de su lira pasada de moda. Pero claro está que el contexto de una humanidad remota en la que dioses, musas, héroes y animales fantásticos conviven marcando la historia ofrece mucha más flexibilidad que la realidad y es por ello, que la adaptación, aunque logra salvar muchos escollos de manera brillante, termina o por traicionar al clásico, o por hacerse simplemente inverosímil y aunque hay un claro intento de respetar las diversas vicisitudes de la leyenda, la verdad es que algunas se encajan con dificultad en un escenario moderno. Esto hace también que los personajes sean bastante limitados que sólo se afanen por su amor sin desplegar otra faceta de su personalidad, pero claro, es lo que se espera de Orfeo y de Eurídice.

En su época la película fue una auténtica revolución, ganadora de la Palma de Oro en Cannes en  1959 y del Globo de Oro y el Oscar a la mejor película extranjera en 1960 puso de moda en todo el mundo un estilo de música hoy de sobra conocido pero antaño restringido a las fronteras de Brasil como la samba y la Bossa Nova. Lo que en el año 59 pudiera ser un ‘boom’ musical y una revelación al mundo de otros ritmos, hoy resulta algo repetitivo, ‘cansino’, porque el director decide abusar de la samba a lo largo de la película, llevando la trama a la época del carnaval, cuando la poderosa música tribal suena a todas horas en todas partes, lo que puede llegar a ser bastante perjudicial para el desarrollo del filme, sobre todo, a vista de un espectador actual.

 

Lo mismo ocurre con muchos de elementos que utiliza el director… Tal vez en aquella época no fueran tópicos, pero hoy lo son… los brasileños que aparecen en la película son alegres, cantarines, se pasan el día riendo y bailando (nada de trabajar), visten ropas apretadas y escotes generosos, no dudan en ser infieles y como no, juegan al fútbol. La forma de ver a la sociedad brasileña del guión es desde luego demasiado estrecha y al espectador, le hace fruncir el ceño.

 

Lo que si no puedo dejar de reconocerle a la película es un gran tratamiento de la fotografía. Escenas como la bajada al inframundo se recrean con una increíble escalera de caracol que baja hasta un rojizo sótano. El ambiente fantasmagórico del despacho de desaparecidos de la Policía con montañas de papeles desordenados es sobrecogedor, al igual que la buena percepción para recoger escenas como ritos ocultistas o la propia festividad del carnaval y en estos momentos la cámara sabe moverse y enfocar, y la escenografía resulta realmente efectiva, pero esto sólo, es demasiado poco bagaje.

 

 

 

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Nota: 4

 

La anguila

Título: La Anguila

Dirección: Shohei Imamura

Interpretación: Koyi Yakusho, Misa Shimizu, Fujio Tsuneta, Mitsuko Baisho, Akira Emoto.

Japón. 1997

 

 

 

 

 

 

-“He intentado olvidarla, pero estas manos no pueden, constantemente veo la cuchilla desgarrando su carne”.

-“¿Porqué tienes una anguila como mascota?  Por que siempre me escucha y nunca me dice lo que no quiero oír”.

-“Los ovnis no existen, los inventaron la tele y la radio para aumentar la audiencia, a estas alturas ya deberíamos saberlo”.

 

Escurridiza.

 

Imamura nos trae una película de contrastes, a veces (especialmente en su inicio) es violenta y enérgica, mientras que en otros puntos es sosegada y discurre a modo de comedia melancólica. También contrastan sus reflexiones y profundos dilemas sobre la vida con el carácter alocado y grotesco de los personajes que van desfilando por la pantalla. Y es que a modo de lo que ya hiciera en su otra película ganadora del Festival de Cannes ( Con la balada de Narayama lo hizo en 1983 y aquí lo consigue de nuevo en 1997) o al modo de Fellini o el propio Almodovar, no encontramos en la película todo un rosario de personajes esperpénticos, residuales en su mayoría y que van desde una mujer mayor que sueña con ser bailaora flamenca, un cazador de ovnis, un mafioso de barrio, un sacerdote budista, un violador en potencia, y por su puesto el protagonista, que tiene como mascota una anguila.

La historia de esta película (The Eel en inglés) comienza con un fuerte shock el de un hombre que cuando sale de trabajar de su oficina es avisado mediante anónimo de que su mujer le pone los cuernos cada vez que sale a pescar, el hombre lo comprueba y en un arrebato de ira asesina a  su mujer y se entrega a la policía. Ocho años después sale de la cárcel en libertad condicional y sobrevivirá como barbero junto a una mujer (sin sexo mediante) a la que previamente salvó la vida.

Esta a priori sencilla historia y con bastante interés tiene la desventaja de ser desordenada, y ciclotímica, con fugaces cambios de un estado a otro en el espectador que suponen un verdadero lío. La película es así escurridiza, muy difícil de seguir por el espectador que no sabe como empatizar en cada momento ante tanto cambio en el estado de ánimo de sus personajes, curiosos pero inestables personajes.

Muy logrado está el paralelismo que el director trata de realizar entre el protagonista y su mascota, que después de viajar 2.000 kilómetros vuelve a casa para vivir en el barro, como se encarga de recordar en una escena.

No le niego a la película buenas dosis de sensibilidad y una buena fotografía muy al estilo oriental, pero su empecinamiento por cambiar de tono tan abruptamente me sobrepone y en esta tesitura es difícil emocionarse o dejarse arrastrar por las dosis de ternura que intenta aplicar en varios momentos.

 

Nota: 6

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