Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

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Cuentos de Tokio

Título: Cuentos de Tokio

Tōkyō Monogatari  東京物語 

Director: Yasujiro Ozu

Interpretación: Chishu Ryu, Chieko Higashiyama, Setsuko Hara, So Yamamura, Hariko Sogimura.

 Japón. 1953

 

 

-“Seguro que es pesado salir con un par de viejos”.

-“Tokio es tan grande que si nos perdiéramos, lo más probable es que no volviéramos a encontrarnos”.

-“Los hombres de hoy no tienen agallas, están totalmente desprovistas de carácter”.

-“Hoy en día hay jóvenes a los que les encantaría matar a sus padres, no puedo quejarme, al menos el mío no es de esos”.

-“Una hija casada es casi como una desconocida”.

 

Adiós papás

 

Estilo Ozu. Esta película (la tercera mejor de la historia según la última encuesta de la revista ‘Sight and Sound’ realizada en agosto de 2012) tiene lo que es típico en este director nipón, la sencillez, la cotidianidad, la habilidad para hacer que el espectador se sienta dentro de la escena gracias a unos diálogos fluidos y bellos, una escenografía muy natural y una historia que de corrido te ofrece elementos comprensibles, consecuentes, asumibles y con cierto valor pedagógico, ya que la moraleja, las enseñanzas sobre la vida, siempre están detrás de este director, etc.

En esta ocasión Ozu reflexiona sobre la vejez y la distancia psicológica entre padres e hijos mediante un viaje que hacen los progenitores desde su pequeña ciudad de provincias hasta la gran ciudad de Tokio donde verán a sus hijos y a una nuera viuda y donde refrendarán como la distancia entre la modernidad y la tradición es cada vez mayor y como la familiaridad se convierte en casi una obligación por el paso del tiempo y el cambio de los personaje. Todo esto lo hace Ozu con una mirada muy naturalista, lejos de cualquier artificiosidad, muy humana, con personajes realistas y bien confeccionados.

Hasta ahí estamos de acuerdo, pero de ahí a ser una de las mejores películas de la historia va un gran trecho. En su espectro minimalista, la película es perfecta, pero ¿le daríamos el premio de arquitectura a una maqueta por muy buena que sea?… tal vez haya mucho que alabar pero la película es pequeña en sí misma, no arriesga, no trata de ir más allá de su precioso discurso, no asalta la conciencia o la moral, simplemente la muestra y de un modo un tanto dulcificado. Efectivamente Ozu sabe cocinar una tapa exquisita, pero con eso sólo no como, el cine debe ser algo un poco más excelso, con más ansias de transformar, de trascender. La pequeña historieta se queda corta en su diminuta belleza, atrae y seduce pero a pequeña escala y hay muchas facetas de la película que quedan desaprovechadas en el afán de no salirse de un camino estricto marcado a un ritmo a la japonesa, es decir, bastante lento.

 

Vea el trailer de Cuentos de Tokio

Nota: 6

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El círculo (The ring)

Título: El círculo (The ring)

リング Ringu (El aro)

Dirección: Hideo Nakata

Interpretación: Nanako Matsushima, Miki Nakatani, Hiroyuki Sanada, Yuko Takeuchi, Hitomi Sato, Yoichi Numata.

Japón 1998

 

 

-“Nunca había visto un cadáver con esa expresión”

-“Retozando en salmuera los duendes serán tuyos, si juegas en el mar los duendes vendrán a por ti”.

-“La cinta no pertenece a este mundo, es todo el odio de Sadako lo que está grabado en ella”.

 

Muerte analógica

 

Fue una revolución para el cine de terror, una cinta diferente que creó escuela, supuso el inicio de una oleada de cintas niponas con ganas de poner los pelos de punta, despertó el interés de Hollywood para hacer un remake (La señal, de Gore Verbinsky) pero sobre todo, supo contar las cosas de otro modo y devolvió al género el gusto por aterrar sin necesidad de enormes dosis de maquillaje o efectos especiales, o de derramar sangre ante la cámara, por todo ello hoy día sigue siendo una película de culto, especialmente en Japón. 

Y es que el círculo (El aro como se denominó en Sudamérica) recuperó aquello del terror psicológico, la capacidad de desasosegar al espectador, de mantenerlo en una tensión constante al borde del infarto, sin ahondar en los tradicionales jueguecitos estadounidenses con la salsa de tomate o con retoques de ordenador para proporcionar trucos evidentes. Esto es ya de por sí un valor importantísimo, crear un atmósfera en la que el miedo se inyecta a través de sonidos de teléfonos, incógnitas paranormales reveladas al espectador sólo cuando el ritmo del guión lo requiere y efectos de sonido prodigiosos…. Eso y la sorpresa final claro, la gran escena que pone el broche de oro al filme y que si la ves sin tener una referencia anterior de la película te hiela la sangre. Desafortunadamente su éxito fue también un factor importante para el pinchazo de esta escuela, secuelas, precuelas, remakes y gags han hecho de la citada escena demasiado conocida y el factor sorpresa se diluye eliminando uno de los factores más importantes de la película, el de su final inesperado y acongojante.

Dicho todo esto y aplaudiendo las grandes virtudes que mostró por su apuesta y originalidad, tampoco se puede dejar de lado que el filme incurre en algunos errores de bulto muy propias de las de su género, comenzando por el propio guión, porque, pese a su originalidad incuestionable en cuando a la base principal que sustenta el filme (la intriga se basa en una cinta de video maldita que todo aquel que la ve muere en una semana) el director cae en la tentación de abordar algunos tópicos del género (la utilización de jóvenes adolescentes, la de una periodista que investiga la trama, las muertes violentas como inicio de todo, o la de buscar lugares apartados para crear el clima de tensión) de los que podría haber huido para hacer el filme más personal, de igual modo, los diálogos son tan lamentables y bobalicones como los de cualquier otro filme de terror barato y en general el desarrollo de la trama se va generando por una enorme concatenación de casualidades y circunstancias que precipitan un final que no podría haberse desarrollado de otra forma, es decir, que restan mucha credibilidad y honestidad a la cinta el mezclar un matrimonio roto, un personaje con dotes parapsicológicas, la facilidad para encontrar y entrar en la casa exacta donde averiguar los hechos… en fin, que el guión esta suturado de irregularidades y juega demasiado al alambre como para no tenerlo en cuenta. Pero aún así, algo diferente para ver en este género y una atmósfera apabullante para dejarse seducir por el miedo.

 

Vea el trailer de El círculo 

Nota: 6

 

Crónica de un ser vivo

Título: Crónica de un ser vivo

生きものの記録 (Ikimono no kiroku)

Dirección: Akira Kurosawa

Interpretación: Toshiro Mifune, Takashi Shimura, Minoru Chiaki, Noriko Sengoku.

 Japón. 1955

 

 

-“Acepto el concepto de muerte, pero no que me asesinen”

-“No tengo miedo a ninguna radiación o bomba de hidrógeno pero abra los ojos y verá claramente que ahora no me siento bien por vuestra culpa, me siento como un pájaro en una jaula”.

-“Todos los locos son iguales, pero cada vez que veo a este paciente el sentimiento es diferente, me hace sentir incómodo, de cualquier forma o está loco, o los locos somos nosotros”.

Anatomía del miedo nuclear.

Vivir en 1955 en Japón y ser director de cine es más que suficiente para realizar una película en la que el pánico a lo nuclear, a las bombas y a las radiaciones fueran las protagonistas al fin y al cabo, el país por aquella época aún no había despertado de la catástrofe de Hiroshima y Nagasaki. En efecto buscando el efectismo, el maestro Kurosawa pudo reflejar bien la situación de incertidumbre y de miedo que por aquella época aún debía atenazar el corazón de los nipones, pero pasado más de medio siglo después y con otros muchos ejemplos de películas sobre la guerra nuclear (especialmente las que se realizaron durante la guerra fría) en realidad el filme no deja de ser hoy más que una curiosidad histórica y una de las primeras obras de un maestro del cine de todos los tiempos como Kurosawa, con películas como Ran, Vivir, Dersu Uzala o Rashomon. Esta no es especialmente una de las obras más destacables del genio nipón, que aunque sí muestra cierta valentía a la hora de tratar un tema espinoso, la verdad es que no termina de coger el toro por los cuernos y todo se queda en una intención… todo se reduce a la ‘locura’ de una sola persona que aquejado del miedo por las radiaciones de las bombas de hidrógeno decide emigrar a Brasil con toda su familia para escapar de la muerte, abandonando todo el Japón, razón por la cual sus propios hijos lo llevan ante un tribunal familiar. Este es en resumen el argumento que utiliza Kurosawa para realizar una crítica descafeinada y poco convincente, mediante una película que salvo un par de escenas con una buena profundidad de campo y una buena dirección de actores, tampoco atesora los prodigios técnicos que el maestro Kurosawa demostrará en otros filmes mucho más dignos de elogios. 

En realidad la película resulta incluso distante, muestra un problema de una forma clara sí, pero sin emoción ni intensidad, efectivamente parece más una crónica periodística que un relato en algunos aspectos, porque lo que se cuenta tiene mimbres de sobra para encoger corazones y ensanchar conciencias, pero el guión en esta ocasión no le saca partido a tal eventualidad.

Así, Kurosawa, por ejemplo, renuncia en todo momento a la utilización de la música (salvo en una escena con un disco intradiegético) y solo deja a la faceta del sonido los típicos pasar de un tren, el tic-tac del reloj, o la lluvia cayendo. Tampoco resulta muy acertada el montaje del filme que se solventa con la utilización una y otra vez de cortinillas para engarzar los planos lo que le da al filme un ‘tacto’ bastante tosco, abusando de este recurso tan facilón para desarrollar el montaje.

Aún así, creo que la intención del filme era buena y el guión es cuanto menos curioso, sólo que se esperaza bastante más de un maestro como Kurosawa que para entonces ya había dirigido algún clásico universal.

Vea una escena de Crónica de un ser vivo

Nota: 4

47 ronin (Chushingura)

Título: 47 Ronin (ちゅしんぐら )

Dirección: Hiroshi Inagaki

Interpretación: Hoshiro Matsumoto, Yuzo Kayama, Tatsuya Mihashi, Akira Takarada, Yosuke Natsuki, Makoto Sato.

 

 

 

 

Japón 1962

-“Es muy triste que los pétalos caigan porque el viento los arrastra, pero es más triste que una vida deba terminar en plena primavera”.

-“Se duda hasta la hora de la muerte, quizás los humanos seamos así”.

Japovendetta.

Inagaki lleva al cine una de las historias más conocidas dentro de la tradición oral japonesa, para poner en cinta los valores a los que nos tiene acostumbrado este tipo de cine donde el honor y la lealtad son temas más que recurrentes. Algo tiene la historia cuando la literatura, el cine, o el teatro han hecho hincapié en ella a lo largo de la historia, comenzando por uno de los grandes como Kenji Mizoguchi, que ya adaptó al celuloide esta trama en 1941. Ahora le toca el turno a los americanos quienes están realizando su propio remake en un filme que verá la luz en noviembre de este mismo año, con Keanu Reeves como protagonista. Antes de que eso se produzca quiero hacer esta reflexión con esta historia engendrada en Japón y por los japoneses, según muchos la mejor adaptación que se ha realizado sobre los 47 ronin.

La historia tiene lugar entre 1701 y 1703 cuando estalla la rivalidad dialéctica entre dos jefes de clanes japoneses que finalmente desembocará en catana. El agresor será obligado a cometer hara-kiri, pero desde ese mismo instante los samurais que le juraron lealtad comienzan a establecer un lento plan hacia la venganza, fría y sin remordimientos para lavar el honor de su clan, a la batalla final llegarán 47 guerreros que, al no tener ya amo, se consideran ronin no samurais.

Si la venganza se sirve fría y es un plato lento de cocinar en esta ocasión lo es más todavía. La película dura 207 minutos (casi cuatro minutos y medio por ronin) y eso es mucho pese a que Ingaki recorta casi 40 minutos al filme que había realizado Mizoguchi dos décadas atrás. A simple vista no parece necesaria tal longitud de metraje, ya que muchas escenas e incluso tramas secundarias enteras son perfectamente prescindibles. Ingaki trata de contar la historia desde todos sus aspectos e implicaciones, pero esta carga puede resultar pesada para el espectador, aunque el ritmo no se resiente en demasía pese a la longitudinal percepción del director japonés.

La sucesión de tramas a lo largo de tanto tiempo, hace que también el filme tenga que responder a diversos problemas de montaje que no terminan de resolverse del todo bien. La película cuenta con cortes abruptos en su narración, que no le permiten la continuidad deseada, y que dejan demasiado tiempo las escenas sin desarrollarse. El único intento de organizar el filme que hace el director es el de dividirlo en dos partes diferenciadas, ‘flores’ y ‘nieve’.

Pese a todo, el valor principal de la película es la historia, e Inagaki sabe contarla, con toda su pasión, su venganza, su historia de amor, sabe detectar el honor en la filmación y enaltecerlo, en definitiva, sabe contar.

Nota: 5

El hombre del carrito

Referencia: H-0298

Título: El hombre del carrito

Dirección: Hiroshi Inagaki

Interpretación: Toshiro Mifune, Hideko Takamine, Hiroshi Akutagawa,Choko Iida.

Japón. 1958

 

 

-“Toxo escucha, ten confianza en ti mismo y no olvides que tu padre está siempre contigo”.

-“No le llames pequeño delante de sus amigos, cuando sus amigos lo escuchan se ríen de él y el pobre se siente incómodo”.

Radiografía de un buen hombre.

Sin más pretensiones. El hombre del carrito (o Muhomatsu no issho en su idioma original) es una sencillísima historia sobre un hombre, que pese a que no ha tenido mucha suerte en la vida ha sabido ganarse el aprecio de muchos por su generosidad, bondad y humildad, unas cualidades que despliega con su profesión, tirando de un carrito o rikisha (una ancestral tradición del transporte), pero sobre todo cuando voluntariamente se encarga de ciertas tareas en la educación de un muchacho cuando su padre fallece.

No hay nada espectacular, pero ciertamente Inagaki sabe dirigir la historia con fluidez y buscar en las pequeñas tribulaciones de la vida algo digno que contar, acompañada en todo momento, de un tono agradable y acompañamiento musical acertado.

Sin embargo, la película no puede huir en muchos momentos de su esencia insípida, y más cuando el director busca en todo momento huir del drama y con un recurso no demasiado cinematográfico. Cada vez que algo triste llega a la vida de los personajes, de un solo zarpazo corta la escena, elipsis, y a seguir con la vida. Eso puede ser un problema a la hora de conectar con la película, ya que aunque tampoco soy muy partidario de escudriñar el elemento melodramático de una película, tampoco se debe cortar de forma tan abrupta. Por el contrario sí edulcora bastante la historia, aunque sin llegar a ser excesivamente melosa y desde luego, en todo momento creíble.

Hay algunas escenas en las que participan actores secundarios en las que salta a la vista ese vicio demasiado común en el cine japonés como es el de teatralidad a la hora de actuar, personajes que dibujan una especie de pantomima en sus caras y que restan credibilidad en ese caso. Afortunadamente no es el caso del protagonista, el gran Toshiro Mifune que sí está a la altura de la leyenda forjada sobre él, un actor inconmensurable, incluso para el gusto occidental.

El personaje principal, en su concepción de guión, también merece ser destacada, un hombre al que vas conociendo poco a poco por sus flashbacks para comprender como ha llegado a ser, que se deja querer, pendenciero ante la injusticia, bueno ante la ternura, cómico y encantador cuando hay que quitarle hierro al asunto. Matsu no es un héroe, más bien lo contrario, es un hombre tremendamente humilde que también comete errores y los asume, pero cuando la película deja espacio a los títulos de crédito finales, la sensación que te ofrece es la de haber conocido a un gran, gran hombre, una persona excepcional en su sencillez.

Una obra con la que Inagaki cambió de registro y que valió el León de oro en el festival de Venecia pese a sus excesos sensibleros.

Nota: 6

Hana-Bi (flores de fuego)

Título: Hana-Bi (Flores de fuego)

Dirección: Takeshi Kitano

Interpretación: Takeshi Kitano, Kayoko Kishimoto, Ren Osugi.

Japón 1997

 

 

 

 -“Te aseguro que no sirve de nada regar flores muertas”

-“Tiene el parachoques un poco abollado, te lo dejo en 200.000… ese taxi es robado… 50.000 entonces”.

 Taciturno y ciclotímico.

 Ya he explicado alguna vez en este blog que, en esencia, el cine, como cualquier otra forma de arte es en su base una forma de comunicación entre el director y los espectadores. Si partimos de esa base, yo así lo hago, Kitano fracasa en esta película ya que hay grandes abismos entre emisor y receptores. Así que con su León de Oro en Venecia a cuestas y sus magníficas críticas no me bastan para convencerme de que es una buena película no me embauca. Y es que el acto comunicativo tiene hándicaps importantes en esta ‘Flores de fuego’. Por un lado que el personaje elegido es taciturno y apenas logra juntar dos palabras cada 15 minutos, la primera y más útil y forma de comunicación humana, los diálogos, se van por el retrete a las primeras de cambio. Pero bien es cierto que hay otras forma de expresarse sin hablar (Ayer mismo os hablé de Hunger en este sentido). El simple seguimiento de un hilo narrativo es también una posibilidad y en esta ocasión es el montaje el que cercena una historia que se queda ‘langirectomizada’. Una tercera opción es la expresión de los actores y aquí, hasta los críticos reconocen que Kitano nunca ha sido un buen actor (sí, en la cinta ejerce de director y de protagonista al mismo tiempo9 y especialmente cuando el personaje de policía que interpreta es de por sí inexpresivo, taciturno… de los que no mueve una ceja. A si que pocas opciones de comunicarse con el espectador que no sea el lenguaje de signos, todo ello repercute en un ritmo soporífero, especialmente con unos primero 20 minutos inaguantables en los que el protagonista no suelta una palabra por su boca… ¿para qúe… verdad?

¿Qué vio la critica internacional en general con esta película, incluido Carlos Boyero ‘el destructor’?  para empezar un personaje complejo, magníficamente elaborado y con un carácter bipolar, que le puede llevar de la ternura a la violencia extrema en cuestión de segundos, un guión en general muy interesante (lástima la aberración del montaje) y la perfección técnica de Kitano con un gran dominio de la cámara (con planos cenitales marca de la casa) y la utilización de un lirismo adornado con metáforas visuales con las que se podrán vivir bellos momentos. Eso sí, sólo podrá disfrutar de estas cosas si sigue el método Ludovico (Véase La Naranja Mecánica) porque el hastío que se siente a los pocos minutos es insoportable.

De veras hay elementos que en condiciones normales me habrían hecho ponerle un notable a la película pero es que aquello que me quieren contar, no me llega, hay demasiado ruido entre Takeshi y yo.

Donde de verdad se superó Kitano, fue en su magnífica fábula sobre la vida del saurai ciego, Zatoichi ( https://palomitasconchoco.wordpress.com/2011/06/10/zatoichi/) pero a esta le ha faltado pulso narrativo.

Nota: 4

 

La anguila

Título: La Anguila

Dirección: Shohei Imamura

Interpretación: Koyi Yakusho, Misa Shimizu, Fujio Tsuneta, Mitsuko Baisho, Akira Emoto.

Japón. 1997

 

 

 

 

 

 

-“He intentado olvidarla, pero estas manos no pueden, constantemente veo la cuchilla desgarrando su carne”.

-“¿Porqué tienes una anguila como mascota?  Por que siempre me escucha y nunca me dice lo que no quiero oír”.

-“Los ovnis no existen, los inventaron la tele y la radio para aumentar la audiencia, a estas alturas ya deberíamos saberlo”.

 

Escurridiza.

 

Imamura nos trae una película de contrastes, a veces (especialmente en su inicio) es violenta y enérgica, mientras que en otros puntos es sosegada y discurre a modo de comedia melancólica. También contrastan sus reflexiones y profundos dilemas sobre la vida con el carácter alocado y grotesco de los personajes que van desfilando por la pantalla. Y es que a modo de lo que ya hiciera en su otra película ganadora del Festival de Cannes ( Con la balada de Narayama lo hizo en 1983 y aquí lo consigue de nuevo en 1997) o al modo de Fellini o el propio Almodovar, no encontramos en la película todo un rosario de personajes esperpénticos, residuales en su mayoría y que van desde una mujer mayor que sueña con ser bailaora flamenca, un cazador de ovnis, un mafioso de barrio, un sacerdote budista, un violador en potencia, y por su puesto el protagonista, que tiene como mascota una anguila.

La historia de esta película (The Eel en inglés) comienza con un fuerte shock el de un hombre que cuando sale de trabajar de su oficina es avisado mediante anónimo de que su mujer le pone los cuernos cada vez que sale a pescar, el hombre lo comprueba y en un arrebato de ira asesina a  su mujer y se entrega a la policía. Ocho años después sale de la cárcel en libertad condicional y sobrevivirá como barbero junto a una mujer (sin sexo mediante) a la que previamente salvó la vida.

Esta a priori sencilla historia y con bastante interés tiene la desventaja de ser desordenada, y ciclotímica, con fugaces cambios de un estado a otro en el espectador que suponen un verdadero lío. La película es así escurridiza, muy difícil de seguir por el espectador que no sabe como empatizar en cada momento ante tanto cambio en el estado de ánimo de sus personajes, curiosos pero inestables personajes.

Muy logrado está el paralelismo que el director trata de realizar entre el protagonista y su mascota, que después de viajar 2.000 kilómetros vuelve a casa para vivir en el barro, como se encarga de recordar en una escena.

No le niego a la película buenas dosis de sensibilidad y una buena fotografía muy al estilo oriental, pero su empecinamiento por cambiar de tono tan abruptamente me sobrepone y en esta tesitura es difícil emocionarse o dejarse arrastrar por las dosis de ternura que intenta aplicar en varios momentos.

 

Nota: 6

Cuentos de la luna pálida de agosto

Título: Cuentos de la luna pálida de agosto.

Dirección: Kenji Mizoguchi.

Interpretación: Machiko Kyo, Mitsuko Mito, Kinuyo Tanaka, Masayuki Mori, Sakae Ozawa.

Japón. 1953

 

 

 

 

 

 

 

 

-“En esta vida, para ascender, a veces hay que aguantar sinsabores”.

-“Entre vuestros dedos mis piezas me parecen maravillosas, ahora entiendo que su belleza depende que quién las utiliza. Le agradezco que use mis cerámicas”.

-“La guerra cambia el carácter de la gente”.

Los sinsabores del éxito.

Una fábula con su moraleja acerca de la búsqueda de la felicidad y de que hay que tener cuidado con lo que se desea. La obra maestra de Mizoguchi es una coctelera donde se mezclan en pequeñas dosis toda la temática clásica del cine japonés, la vida feudal, las guerras entre samurais, las leyendas fantásticas con sus ánimas actuando como personajes, el honor de las mujeres… sumando además un tema tan occidental como el de la ambición, aunque con un resultado mucho más moralista que el que pudiera haber resultado de una producción de Hollywood.

El ritmo de la película es sólo ligeramente lento, mucho más acelerado de lo que suele apreciarse en las cintas que por esta época solían realizarse en tierras niponas y por lo tanto la película pasa con cierta cadencia y es digerible.

Mizoguchi logra hacer maravillas con el blanco y negro y dibuja una atmósfera tenebrosa, apuntalando los claroscuros de la pantalla, cincelando los encuadres de la cámara hasta lograr composiciones armoniosas, especialmente admirables las neblinas sobre el agua o las casas carcomidas por el tiempo. Mizoguchi acude en demasía al plano secuencia como recurso para distribuir la historia, lo que en mi opinión va en su detrimento y la penaliza con un punto de amalgamamiento que se podría haber evitado, sin dejar de admirar que por separado dichas secuencias están magníficamente dirigidas. Tampoco es una película en la que el espectador pueda llegar al 100% a identificarse con los personajes (complejos y bien diseñados) tal vez solo por las diferencias culturales que separan a este espectador de la producción, pero en cualquier caso no me emocionan las vivencias de estos personajes que desde luego sí viven avatares en los que dejar un trozo de sentimiento.

La obra merece la pena en si por su valor didáctico, por su honestidad a la hora de presentar diferentes temas y propuestas, por tener un hilo argumental sólido (tal vez demasiado ramificado en cuanto a las acciones de sus personajes) y por su excelente planificación técnica, pero se desmerece en cuanto a un montaje ineficaz (cuando los personajes toman caminos diferentes la obra se convierte en una sucesión de bloques dispersos), su exceso de moralina y por el inevitable paso del tiempo, y es que sigo sin acostumbrarme del todo al granulado y el ruido de fondo que desvían la atención en las películas acusadas de senectud.

Nota: 6

La puerta del infierno

Título: La puerta del Infierno

Dirección: Teinosuke Kinugasa

Interpretación: Machiko Kyo, Kazuo Hasegawa, Isao Yamagata, Yataro Kurokawa.

Japón 1953

 

 

 

 

 

 

 

-“Una gran señora debe ser tan elegante como reservada, de lo contrario, podría llegar a tener muchos problemas”.

-“No me extraña que tu belleza le haya cegado, pero eres mi mujer, y Moritoh nunca podrá acercarse a ti”.

 

Medievo colorista

 

El amor y el honor al más puro estilo shakespeariano como telón de fondo de una historia de samurais enfrentados por una mujer, una fórmula que gustó mucho en el Japón de los años 50, que funcionaba bien, pero que otros supieron hacer mejor que Kinogusa. Pese al éxito cosechado en su época (Palma de Oro en Cannes y oscar a la mejor película extranjera) la puerta del infierno ha envejecido, sobretodo en la comparación con las películas de otros maestros japoneses (Mizogouchi, Kurosawa, Ozu, Kobayashi) que si han sabido sacar más pasión a sus obras.

Tiene pues esta película un guión clásico, bien definido pero al que no le saca partido, que decae en los momentos claves y al que le falta dramatismo. Su déficit de tensión se debe en gran parte a actuaciones deplorables más propias del teatro Kabuki que al del cine y en la que las caras de los personajes no reflejan el menor gesto, ante la muerte, el amor o las tensiones acumuladas que si tiene el guión pero que no llegan a conectar con el espectador, apreciándose las actuaciones como rígidas y forzadas.

Tiene un gran gusto por la fotografía colorista, colaborando en un enorme espectáculo visual para el espectador, pero eso es lo mejor y más significativo de la película junto al vestuario. Pero en general está desaprovechada y el tiempo la ha empeorado mucho, aunque en su época, a la vista de un occidente nada acostumbrado a este cine, fuera un auténtico descubrimiento.

Nota: 4

Vivir (Ikiru)

Título: Vivir (Ikiru)

Dirección: Akira Kurosawa

Interpretación: Takashi Shimura, Nobuo Kaneko, Kyoko Seky, Makoto Kobiri.

Japón 1952

 

 

 

 

 

 

-“Está dejando pasar el tiempo sin vivirlo, en otras palabras, él no está vivo”.

-“Sólo percibimos lo bonita que es la vida cuando estamos a punto de morir y pocos podemos encarar nuestra propia muerte”.

-“No puedo permitirme odiar a las personas, no tengo tiempo para eso”.

 

 

Morir es la burocracia

 

Con muchas connotaciones filosóficas, Vivir (Ikiru), se adentra  en profundas reflexiones acerca de la vida y la muerte, pero con un acertado sentido práctico que hace que el razonamiento llevado a cabo por Kurosawa cale hondo en lo más profano de nuestras vidas y nos lleve a ver con claridad la levedad del tiempo, la irresponsabilidad de no aprovechar las oportunidades o la huella que puede despertar la insolidaridad con lo que nos rodea, el no formar parte de nuestro entorno.

La interpretación del protagonista principal de la película es magistral con una voz enfermiza que saca ese hilo de vida de la nada, que lucha y se supera, sabe conmover al espectador, al igual que muchos juegos de planos donde Kurosawa demuestra una gran maestría técnica.

La película tiene tres partes diferenciadas, y las dos primeras son realmente arrebatadoras, sin embargo, la tercera, confieso que me aburrió, se me hace tremendamente larga y el bagaje final de dos horas y 23 minutos de película se hace cuesta arriba, sobre todo porque el verdadero final de la película ya ha sobrevenido en la segunda parte y no queda mucho más que contar, sin embargo, Kurosawa prefiere ahondar en los recuerdos y en la cambiada personalidad del personajes para hacerle una especie de monumento a lo que fue su vida y eso, quizás está de más, por lo que la película termina perdiendo gran parte de su atractivo.

De momentos emocionantes, diálogos agudos y una composición técnica capaz de hablar a veces sin palabras (los planos del protagonista encorvado en silencio con la mirada perdida en un lento zoom hacia su cara puede decirlo todo) peca de un excesivo metraje además innecesario, además de un montaje poco cuidado entremezclando los recuerdos con la escena final de manera abrupta, poco cuidadosa para el espectador.

Entretanto, mientras pone en la balanza la vida y la muerte y las disecciona con su afilado bisturí, Kurosawa también encuentra tiempo para la crítica política y especialmente para el sistema burocrático japonés del que resalta su inutilidad, un punto más para verla y para comprender que el vuelva usted mañana no sólo es japonés, también existió en el lejano Japón.

Nota: 5

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