Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

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La regla del juego

Título: La regla del juego

Dirección: Jean Renoir

Interpretación: Marcel Dalio, Nora Gregor, Jean Renoir, Roland Toutain, Mila Parely.

Francia. 1939

 

-“Me rindo, se puede combatir el odio, pero no el aburrimiento”

-“No puedo raptar a la mujer de mi anfitrión, que me considera su amigo, sin darle una explicación, no olvide que hay reglas”.

-“Es típico de nuestra época, ahora todo el mundo miente, los folletos de la farmacia, los gobiernos, la radio, el cine, los periódicos…¿Cómo pretendes que nosotros, los particulares, no mintamos?”

 

Infidelidades caballerosas

 

Desde agosto de 2012 y hasta el 2022 La regla del juego será oficialmente la cuarta mejor película de la historia según la lista que cada década realiza la revista Sight & Sound consultando a más de 800 expertos. Algo deberá tener cuando profesionales del sector década tras década la incluyen en tan exclusiva lista, pero servidor, aún observando grandes valores en el filme desde luego no la auparía al Olimpo del cine. 

Verán, la película tiene un lado crítico muy corrosivo, un repaso a la alta sociedad francesa de la época, a su hipocresía, sus estúpidos convencionalismos, su mirada ajena a la realidad y su devoción por las fruslerías. Domina también en el lado técnico la profundidad de campo, siendo capaz de desarrollar dos tramas a la vez en un solo plano… pero la trama… que quieren que les diga, no me la creo, simplemente. La historia no deja de ser un vodevil de enredos amorosos, infidelidades y peleas entre cornudos y amantes que en ocasiones rozan lo exagerado y donde la concatenación de casualidades pueden dar lugar al drama. En este cocktail de puñetazos, disparos, confusiones y besos furtivos y donde los personajes femeninos son tratados con cierta ligereza (de cascos) hay uno de los personajes principales, el de Christine (interpretado por Nora Gregor) que se confunde con respecto a quien entre cuatro hombres ama de verdad y la respuesta es a todos y a ninguno… que no me lo creo y punto. Por cierto se le presupone a la película ciertas dotes de comedia, pero mis músculos maxilares no se han movido ni una sola vez.

Los diálogos fluidos e inteligentes, con ciertas sutilezas y dobles sentidos, arreglan en parte el desaguisado del guión y son los que realmente mantienen el interés y que uno no termine por dormirse pues hay algo interesante que escuchar en cada frase… pero de ahí a ser la cuarta mejor pelicula de la historia (Las tres primeras son Vértigo, Ciudadano Kane y Cuentos de Tokio) hay un trecho y muy grande.

Nota: 7

Un hombre y una mujer

Título: Un hombre y una mujer

Un homme et une femme

Dirección: Claude Lelouch

Interpretación: Anouk Aimée, Jean-Louis Trintignan.

 Francia. 1966

 

 

-“En la vida, cuando una cosa no es seria, se dice que es de película…¿Porqué cree usted que la gente no se toma en serio el cine?”

-“Entre el arte y la vida, elijo la vida”

-“Desde luego hay domingos que empiezan bien y acaban mal, desde luego es increíble, es increíble negarse a ser feliz”.

 

Montaje delicatessen

 

Una historia de amor, sencilla, cálida, mesada, muy personal y altamente contagiosa es lo que nos trae este filme que, sin destacar por un guión magistral sobrevive a las exigencias mínimas del espectador para mantener una historia en pie y además aporta otros elementos formales que la elevan de categoría, sobre todo, una banda sonora deliciosa que el espectador reconoce enseguida y un montaje complejo e innovador que pasa incluso por mezclar el blanco y negro, el color y el sepia del metraje con evidentes intenciones narrativas y que impone el sello de calidad que le valió (probablemente) como elemento diferenciador para alzarse con la Palma de Oro del festival de Cannes del año 1966, además de los Oscars a la mejor película de habla no inglesa y (curiosamente) al mejor guión. 

De los inconfundibles soniquetes compuestos por Francis Lai (con el mismo nombre de la película) o de la samba Da Bençao de la samba se extrae una extraña complicidad con el espectador, una música con alegría ligera, optimista, sedosa que supone un gran salto de calidad para esta película que ha visto como la música le venía como anillo al dedo para explotar todas sus posibilidades. Lo mismo se puede decir de ese aspecto técnico más extraño, muy poco común en el cine, y que pasa por mezclar imágenes en varios tipos de cinta con diferentes tonalidades de color, además de atreverse a sincronizarlos alternativamente y además mezclando el sonido de lo que ocurre (es decir simultanea pedazos de dos escenas diferentes en imágenes pero mientras vemos una escuchamos el sonido de la otra)  una forma de resaltar la unión de los dos enamorados cuando están separados. Esta línea de montaje podrá gustar más o menos, pero desde luego hay que destacar su atrevimiento, especialmente si nos encontramos a mediados de los años 60.

También dio mucho que hablar en su época el tráveling circular que se sacó de la manga el director para realzar una de las escenas y cuyo valor narrativo también es incuestionable, aunque 50 años después ya estamos mucho más acostumbrados a este tipo de realización.

La utilización de niños, también dulcifica la trama y la hace más notoria, aunque del guión, insisto no hay nada demasiado llamativo más allá de las profesiones de los dos protagonistas enamorados, un piloto de carreras y una técnico de cine, que pese a los obstáculos que encuentran para poner en marcha su relación, sacan fuerzas para seguir adelante. La interpretación de los dos actores principales del filme dan mayor profundidad a esos personajes y hacen que la historia de amor gane en matices y no parezca para nada superficial, más si cabe cuando entre ellos existe una química especial. Una historia de amor de las que ya no se hacen.

Vea algunas imágenes de Un hombre y una mujer

Nota: 8

La guerra de los botones

Título: La guerra de los botones

La nouvelle guerre des boutons

Dirección: Christophe Barratier

Interpertración: Guillaume Canet, Laetitia Casta, Kad Merad, Gérard Jugnot, Jean Texier, François Morel, Marie Bunel.

 Francia 2011

 

 

-“Esta guerra acabará cuando todos los Velrans vayan con el culo al aire”

-“Lo que te he dicho es un secreto, si lo cuentas, jamás volveremos a vernos”.

-“Si no hubiera habido guerra jamás nos hubiéramos conocido, me habría quedado en Berlín”.

 

Batalla de niños.                                                      

 

Película familiar, sensiblera, poco atrevida, nada profunda, que apenas araña un retazo complicado como el de la segunda guerra mundial y la persecución de los judios, basando la película en un simple juego de niños, transformándola más en una cinta para los pequeños de la casa, que en una denuncia social, que apenas aparece, pese a lo agrio del tema de transfondo.

Como ya ocurriera en El niño del Pijama de Rayas o La Vida es Bella, ver el conflicto de la mano de un niño, puede ayudar a disimular y dificultar la dureza, los ojos inocentes esconden la crudeza, pero la muestran y enseñan sobre ella, no es el caso, aquí el conflicto apenas aparece, todo es dulcificación, la guerra es una trama secundaria y la principal es el juego de los niños a la guerra cuyo botín son los botones de camisas y pantalones de los integrantes del otro bando, de ahí el nombre de la película.

Toneladas de almíbar, eso es lo que encontrará en una película muy apta para ver en familia pero sin el mayor interés narrativo, con una puesta en escena acartonada, una trama que no avanza porque tampoco da para mucho más (es un juego entre niños tampoco se puede esperar mucho más) y dónde las tramas secundarias (la resistencia de la izquierda francesa al dominio nazi, la persecución contra una niña judía, o la historia de amor entre el profesor y una vieja ‘amiga’ que llega al pueblo, están absolutamente desaprovechadas en función de dosificar más azúcar y estereotipar los momentos no vaya a ser que alguien se sienta molesto. El resultado final es algo bastante artificial, aunque al fin y al cabo bastante agradable e incluso entretenido, aceptable si no se le quiere exigir más a una película, ideal si la quiere ver con su hijo sin necesidad de que usted se aburra.

En el plano técnico cuenta con una bastante aceptable fotografía, aunque en realidad los paisajes resultan demasiado bucólicos, sacados de una postal impresionista, poco originales pero bellos al fin y al cabo.

Y como no también cuenta con el personaje encantador y dicharachero de poca edad que pone la nota de humor (otro topicazo) y que es la portada del cartel de la película pese a que su relevancia en la trama es nula y su personaje es de bufón dentro del grupo.

En fin, de escasa veracidad histórica y sin ninguna intención de análisis la película no tiene otra intención que la de entretener, enternecer al público con diversas escenas (los niños nunca fallan y ablandar un poco el corazón… No es mucho, pero al menos pasará un buen rato.

 

Vea el trailer de la guerra de los botones

Nota: 4

 

La gran ilusión

Título: La gran ilusión.

Dirección: Jean Renoir

Interpretación: Jean Gabin, Erich von Stroheim, Pierre Fresnay, Marcel Dalio, Dita Parlo, Jean Dasté.

Francia. 1937

 

 

 

 

-“Señores, admiro profundamente vuestro valor patriótico, pero aquí la situación es diferente, nadie se escapará de esta fortaleza”.

-“Todos moriríamos de las enfermedades de nuestra clase si la guerra no hubiera unido a todos los microbios”.

Lazos con el enemigo.

Algo más que un alegato antibelicista. En la Gran Ilusión, Renoir nos lleva a la primera guerra mundial (la película es tan antigua que la segunda ni siquiera se había producido) para contarnos la historia de un grupo de oficiales aliados, prisioneros en un campo de concentración alemán. Allí la relación entre capturados y captores es más afable de lo que podría suponerse en una contienda bélica, todos ellos se respetan y al ser un campo de concentración sólo para oficiales, las condiciones de vida para los prisioneros, están lejos de parecerse a lo que solemos ver en otras películas, donde hay tiempo para comer bien, divertirse y, como no, para intentar escapar. 

El director francés nos deja claro que las fronteras son unas líneas inventadas por los hombres, que las guerras son absurdas por definición y que la humanidad está por encima de todo, incluso por encima de las lenguas o de las clases sociales. Porque es también un tema a tratar por Renoir, la conciencia de clases y la pérdida de privilegios de la antigua aristocracia europea, eso sí, en la película el guión les ofrece a este grupo un descomunal sentido del honor, una mitificación de la honra que los coloca casi en un escalón superior al del resto de oficiales más ‘chabacanos’, buenas personas, pero incapaces de sacrificarse, un mensaje que personalmente no me gustó.

En cualquier caso, al margen de hablarnos de la fraternidad universal, de los elementos comunes que unen a todos los hombres del mundo, incluso en las circunstancias más perversas para la confraternización, en cuanto a los elementos propiamente cinematográficos todavía se nota que el cine como industria aún anda por sus albores y por mucha filosofía que la crítica generalizadamente le quiera extraer al filme del genio francés hay elementos de seria inmadurez a la hora de cuajar la historia.

Se nota por ejemplo a la hora de cercenar el filme en dos partes demasiado diferenciadas que casi parecen dos películas marginadas entre sí, hubiera hecho falta un mejor trabajo de montaje para engranar una historia con la otra y situar al espectador mejor en la historia. Tampoco ayuda demasiado una falta de ritmo constante en toda la historia que en algunas ocasiones explota la tensión y en otras deja pasar escenas costumbristas que valen más para rellenar que para narrar. Aunque el aliciente de la relación entre aliados y enemigos resulta el factor principal de la película, el guión no se preocupa en absoluto de hacerlo creíble, simplemente ocurre y se da y esa complicidad puede resultar falsa en algunos momentos, al menos a ojos de un espectador del siglo XXI.  También le falta algo de magia al trabajo interpretativo, todavía poco gestual por lo que la potencia de los personajes deja toda la responsabilidad en los diálogos, y en cuanto a los márgenes técnicos, aunque el director sabe utilizar con buen tino los planos largos con una amplia profundidad de campo, la verdad es que el catálogo de manejo de la cámara se antoja algo corto.

Tal vez una década más de experiencia en eso del cine, hubieran hecho de esta película una obra maestra, pero honestamente a mi no me lo parece aunque muchos lo den por hecho.

Vea el trailer de La gran ilusión

Nota: 5

Orfeo negro

Título: Orfeo negro

Dirección: Marcel Camus

Interpretación: Breno Mello, Marpessa Dawn. Lourdes de Oliveira, Jorge Dos Santos.

Francia. 1959

 

 

 

-“Ahora estás en mis brazos Eurídice, te protegeré siempre, contra todo, yo te quiero Eurídice, nunca más vas a tener miedo, nunca”.

-“Los desaparecidos no están entre los papeles, todo lo contrario, ahí es donde desaparecen”.

Mito en el sambódromo.

El mito de Orfeo y Eurídice vuelve de las leyendas de la antigua Grecia hasta el Brasil de los años 50 en tiempo de carnavales. Marcel Camus adapta la clásica historia (no directamente si no a través de una obra de teatro que ya tuvo esta misma idea) con unos personajes que tienen los mismos nombres que los originales y que se enamoran igual que en el antiquísimo mito, pero claro, adaptado a los tiempos modernos, y Orfeo, utiliza una guitarra en lugar de su lira pasada de moda. Pero claro está que el contexto de una humanidad remota en la que dioses, musas, héroes y animales fantásticos conviven marcando la historia ofrece mucha más flexibilidad que la realidad y es por ello, que la adaptación, aunque logra salvar muchos escollos de manera brillante, termina o por traicionar al clásico, o por hacerse simplemente inverosímil y aunque hay un claro intento de respetar las diversas vicisitudes de la leyenda, la verdad es que algunas se encajan con dificultad en un escenario moderno. Esto hace también que los personajes sean bastante limitados que sólo se afanen por su amor sin desplegar otra faceta de su personalidad, pero claro, es lo que se espera de Orfeo y de Eurídice.

En su época la película fue una auténtica revolución, ganadora de la Palma de Oro en Cannes en  1959 y del Globo de Oro y el Oscar a la mejor película extranjera en 1960 puso de moda en todo el mundo un estilo de música hoy de sobra conocido pero antaño restringido a las fronteras de Brasil como la samba y la Bossa Nova. Lo que en el año 59 pudiera ser un ‘boom’ musical y una revelación al mundo de otros ritmos, hoy resulta algo repetitivo, ‘cansino’, porque el director decide abusar de la samba a lo largo de la película, llevando la trama a la época del carnaval, cuando la poderosa música tribal suena a todas horas en todas partes, lo que puede llegar a ser bastante perjudicial para el desarrollo del filme, sobre todo, a vista de un espectador actual.

 

Lo mismo ocurre con muchos de elementos que utiliza el director… Tal vez en aquella época no fueran tópicos, pero hoy lo son… los brasileños que aparecen en la película son alegres, cantarines, se pasan el día riendo y bailando (nada de trabajar), visten ropas apretadas y escotes generosos, no dudan en ser infieles y como no, juegan al fútbol. La forma de ver a la sociedad brasileña del guión es desde luego demasiado estrecha y al espectador, le hace fruncir el ceño.

 

Lo que si no puedo dejar de reconocerle a la película es un gran tratamiento de la fotografía. Escenas como la bajada al inframundo se recrean con una increíble escalera de caracol que baja hasta un rojizo sótano. El ambiente fantasmagórico del despacho de desaparecidos de la Policía con montañas de papeles desordenados es sobrecogedor, al igual que la buena percepción para recoger escenas como ritos ocultistas o la propia festividad del carnaval y en estos momentos la cámara sabe moverse y enfocar, y la escenografía resulta realmente efectiva, pero esto sólo, es demasiado poco bagaje.

 

 

 

Ver trailer en Youtube

 

Nota: 4

 

Caché (Escondido)

Título: Caché (Escondido)

Dirección: Michael Haneke

Interpretación: Daniel Auteuil, Juliette Binoche, Maurice Bénichou.

Francia. 2005

 

 

 

 

-“Quería repetirle que no se nada de esos videos, te pedí que vinieras porque quería que estuvieras presente”.

-“Sabes que?… estas enfermo, estás tan enfermo como tu padre, no se que te habrá contado sobre mí, ni que obsesión te ha metido en la cabeza, pero te diré una cosa, no vas a sentir que me sienta culpable porque la vida de tu padre fuera triste o porque fuera un fracasado, no soy responsable… y si alguna vez tratas de molestarme a mi familia o a mí, te arrepentirás de ello, te lo garantizo”.

La culpa indiscreta

Haneke lo vuelve a conseguir, en Caché vuelve a inyectar este terror fantasma, casi imperceptible pero efectivo, ese miedo sugerido en la parcela psicológica sin necesidad de mostrar un solo plano referido a él, dominando con maestría la dirección y el montaje para conseguir ese efecto demoledor sobre la conciencia. Y es que el tema principal sobre el que gira la película es la culpa, pero alrededor de este concepto logra montar una trama de thriller, una sombra amenazante que nunca se llega a diluir (ni si quiera la final, o sea que los que quieran una película completamente cerrada óbvienla) y con la que de paso, realiza una radiografía detallista sobre la clase burguesa europea, una sociedad insolidaria y enferma que queda al desnudo bajo la cámara del genial director austriaco.

Formalmente, la película es austera, como en la mayoría de los filmes del director, muy sencilla en lo técnico, pero insondable en el aspecto temático. Mucho plano fijo y planos secuencias para dar cobertura a la historia que no necesita de más dispendio que la oscura eficiencia psicológica que tiene la película… y de dónde surge?

La genial idea de Haneke es casi macabra a la hora de engañar al espectador. El argumento tiene como base los extraños mensajes en forma de cinta de video que recibe una familia de clase media-alta francesa y en la que aparecen ellos mismos o la fachada de su casa sin más referencias, salvo los pueriles dibujos sangrientos en los que envuelve las cintas. El director tiende a confundir constantemente al espectador, para que dude de si lo que está viendo es una de las cintas, o la realidad (dentro de la ficción) que presenta, y este hecho, sin saberse a ciencia cierta quién es el autor de las grabaciones, es el que provoca que una escena tan sencilla como ver a alguien dormir esté repleta de una alta tensión por la sospecha, por la incertidumbre, de no saber que estamos viendo.

Y todo, para casi nada, porque en realidad todo es un descomunal McGuffin una trampa para servirnos en bandeja, la culpa y la hipocresía de la sociedad francesa, una anzuelo en el que picamos irremediablemente.

Tanto Juliette Binoche como Daniel Auteill realizan unos papeles magníficos como ‘víctimas’ de la cruel broma y escenificando la crisis que este elemento que interfiere en sus vidas provoca en su estable vida.

Lo que está claro es que Haneke sabe crear una gran inquietud con una gran profundidad intelectual y la película, aunque necesita de la colaboración del espectador para funcionar, es fantástica.

 

Nota: 8

Irreversible

Título: Irreversible

Dirección: Gaspar Noé

Interpretación: Vincent Cassel, Monica Bellucci, Albert Dupontel, Phillippe Nahon, Jo Prestia.

Francia. 2002

 

 

-“El tiempo lo destruye todo”

-“El libro dice que, al parecer, todo está escrito, y la prueba son los sueños premonitorios”.

-“El agresor ha derramado sangre y la sangre exige venganza. La venganza es un derecho humano”.

 

La cámara que sangra y vomita.

 

No seré yo quién recomiende ‘Irreversible’ a pesar de que cuando concluya de escribir esta crítica le plantaré un 10 como un castillo. Irreversible, es una película durísima y cuenta con un par de escenas de una brutalidad tan descarnada que seguramente ambas se cuenten como dos de las secuencias más duras de la historia del cine, al borde de la vomitona por su severidad y realismo. Lo aviso, hay personas que no la soportarán (miles de personas abandonaron su proyección a medias cuando se estrenó en las salas de cine) y no les culpo ni las critico, pero si es de los que tiene el estomago hecho a la violencia (me refiero a violencia visual de la que estremece la carne y la que hace taparte los ojos, no de las irrelevantes escenas de un Jean Claude Van Damme cuya inverosimilitud le quita todo el hierro a cualquier intento de estremecer), si es de los que ya puede soportar cualquier visión sin tener pesadillas, dispóngase a hacer un viaje hacia las profundidades de la irracionalidad humana, hacia el camino irreversible de la vida con un dominio técnico magistral.

Irreversible está rodado en trece planos-secuencia de un dinamismo y una dificultad técnica abrumadora, y lo que es mejor, con unos movimientos de cámara que acompañan la narratividad de la historia. Así, al principio, (o al final según se mire) la cámara gira virulentamente junto al protagonista embriagada de la ansiedad de la venganza, del caos oscuro dentro de este antro sado-maso-gay en el que discurre la escena, fruto de las drogas y el alcohol… la cámara directamente marea al espectador, entre tremendas sacudidas y giros alucinógenos que vapulea la vista desde detrás de la pantalla, pero no es gratuito el sentido narrativo de la cámara errante es de una vitalidad apabullante y cuando se para, justo al final de este primer plano secuencia es para reventar nuestra moral con una de las secuencias más violentas de la historia del cine, con el sonido repugnante para hacer de la escena algo repugnante y casi insoportable. Deliciosamente vomitivo. La otra gran secuencia controvertida y polémica de la película es la de una violación, un plano secuencia de unos 12 minutos en la que 10 transcurren en un plano fijo con la cámara en el suelo, mientras vemos la atroz escena de la violación anal del personaje que interpreta Monica Belucci. Y es que un violación dura lo que dura, y para sentir la agonía de Alexandra, su rabioso dolor, su impotencia ante el sodomita, hay que verlo entero por pavoroso que sea. Lo dicho anteriormente, si usted tiene estómago, presenciará la mejor secuencia de una violación jamás realizada, con un realismo tan agrio y extremo que sentirá asco ante el cuerpo semidesnudo de la Belucci, sufriente hasta el extremo.

Pese a su espectacularidad y realismo no son los dos mejores planos secuencia de la película. Pero antes comentaré el otro detalle que hace de ‘irreversible’ una película única e irrepetible es su esquema temporal. Noé no inventa nada nuevo, de hecho prácticamente copia el esquema que meses antes realizó Christopher Nolan en Memento, con la diferencia de que en Irreversible este elemento funciona aún mejor. Nos referimos a que la película va hacia atrás, es decir, que comienza con el final cronológico de la historia y finaliza con el comienzo cronológico. Esto dota a la historia de una intensidad distinta a la narrativa tradicional. Al invertir la línea narrativa, también lo hacen el orden en el que se desatan los sentimientos de los protagonistas. La venganza y la ira que Marcus (Vincent Cassel) muestra al inicio del metraje se va disipando para mostrarnos al final el punto de origen, la génesis de lo que luego provocará ese sentimiento tan brutal como sanguinolento y que no es otra cosa que el amor y este hecho, de veras funciona en la película.

Es precisamente esta secuencia final la mejor de toda la película, uno de los mejores planos secuencia de la historia del cine también. Emotivo, con movimientos acompasados, persiguiendo a los personajes con sutileza y dulzura, todo lo contrario con lo que se inicia la película y cuyo resultado es magistral.

Si a todo ello le sumamos que la interpretación de los dos actores principales también es fantástica gracias también a la libertad que Noé les deja. Cuentan por ejemplo, que para rodar la violación, se dejó la cámara en el suelo y se dejó a los dos actores completamente solos para acentuar la sensación de soledad de ambos y esa libertad interpretativa se nota y mucho en el trabajo de los intérpretes.

También se nota esta capacidad en otro plano-secuencia memorable, mucho más sencillo técnicamente, pero el único en el que los diálogos tienen predominancia. Al más puro estilo Tarantino, la conversación de los tres protagonistas en el metro  sobre el sexo, es muy natural, interrumpiéndose entre ellos constantemente, gestualizando, mirándose de una forma tan verosímil que es realmente plausible.

Ante la enjundia técnica de la película hay que quitarse el sombrero, y la exploración que realiza sobre la naturaleza humana es también realmente convincente. No es apta para todos los públicos, pero eso no significa que sea mala, más bien al contrario, es una maravilla.

Nota: 10

Providence

Título: Providence

Dirección: Alain Resnais

Interpretación: John Gielgud, Dirk Bogarde, Ellen Burstyn, David Warner, Elaine Stritch.

Francia 1977

 

 

 

 

 

 

 

-“Si yo no he sabido morir, al menos he sabido vivir”.

-“Que bonito sería mostrar mi condición de intelectual en los brazos de un hombre y que pudiera mostrarse sincero conmigo”.

-“Me gustaría que mis ansias de libertad fueran más fuertes que el muro de condescendencia que veo en el rostro de Claude”.

-“Tengo que admitir que fuiste un cerdo muy convencional”.

 

Diarrea intelectual.

 

Resnais se atiborra de citas freudianas con tres botellas de vino blanco, luego se toma (y muy a pecho) algunas experiencias personales de postre, algunas azucaradas y melosas, otras, directamente amargas y nauseabundas, y… porque no?, para digerirlo le añadimos alguna droga psicotrópica que introduzca el elemento onírico, tal mejunje, no resiste estómago y termina yéndose furibundamente por la taza del váter.

Yo, que amo ‘Hiroshima mon amour’, que me quedé prendado de la elegancia narrativa de Resnais, no he logrado comprender esta obra caleidoscópica, escurridiza, caótica y desestructurada, donde nada es lo que parece, porque sencillamente nada es, no hay continuidad en una trama desparramada, cruzada por personajes que entran y salen de forma arbitraria sin respetar las mínimas normas espacio-temporales, que dialogan de una forma bellísima y comprometida, pero sin ninguna lógica de guión y la mayoría de las veces sin humanidad en ellos (es como ver una conversación entre los dos ordenadores más inteligentes del mundo), que no emocionan porque ni tan si quiera son humanos, si no parte de una estrafalaria pesadilla… que deambulan por diferentes escenarios con objetos fetiche discutiendo sobre lo divino y lo humano y que hasta se convierten en hombres-lobo.

Toda esta amalgama de desvaríos, tratan de buscar un punto en común, el delirio de un afamado escritor de novelas, que una noche en un éxtasis de creación imagina a los personajes de su próximo escrito, pero, lejos de ser el escritor el que maneja las vidas de estos personajes, son ellos los que son capaces de meterse en la vida de su creador, desafiarlo, e interrumpirlo en un juego creativo que no termina de funcionar, que es demasiado personal para hacerlo extensible a unos espectadores (a no ser que Resnais hiciera una película para él solo) y la obra resulta demasiado ajena, remota a los sentimientos.

Las actuaciones son frías y banales, creo sinceramente que ni los propios actores comprendieron su papel, porque simplemente parecen repetir como papagayos una retahíla de frases inteligentes y estudiadas, pero que sencillamente no tienen conexión con nada de lo que ocurre en la película.

En el apartado técnico tampoco se le puede alabar. Los decorados paupérrimos (Por favor señores directores del futuro, si no tienen dinero para grabar en exteriores no me pongan un decorado con un mar de fondo con una ola a punto de romper, porque todos notamos que durante 10 minutos de escena la ola no se mueve) y el maquillaje también resulta de muy falso en las escasas escenas donde se hace necesario.

Muy decepcionante.

 

Nota: 2

 

La pianista

Título: La pianista

Dirección: Michael Haneke

Interpretación: Isabelle Huppert, Benoit Magimel, Annie Girardot, Anna Sigalevitch, Susanne Lothar

Francia 2001

 

 

 

 

 

 

-“No tengo sentimientos, métaselo en la cabeza, y aunque algún día los tenga, no triunfarán sobre mi inteligencia”.

-“No puedes excitar así a un tío y luego refugiarte en el hielo”.

-“Suena tan transparente como un parabrisas sucio..¿Será por las imágenes que le rondan por la cabeza?”

 

 

Juguemos al sado.

 

Otra vez Haneke bailando al borde del abismo sin precipitarse, con una maestría insondable. La Pianista es una obra que resulta a veces repulsiva, con la que el espectador se siente violado, y observa con reticencias y curiosidad malsana las atrocidades y desviaciones sexuales que se proyectan en la pantalla. No es una película fácil, ni si quiera agradable, pero el alubión de sentimientos que te hace experimentar, la empatía con los personajes, los increíbles giros de guión y la tormentosa relación entre profesora de piano y alumno que se contempla, hace que a partir de la primera hora seas incapaz de separar la mirada de una pantalla, sintiéndote un vulgar vouyer, pero atrapado por esa sensación entre el placer y el asco que hizo que esta obra ganara el gran premio del jurado en el Festival de Cannes.

Y es aquí, además de la violencia tan habitual en este director austriaco, donde se fragua una cinta en la que tenemos, para empezar, un magnífico personaje protagonista, con una doble vida, una doble moral y una doble sexualidad, la de una rígida y fría profesora de piano que marcada seguramente por años de autorrepresión sexual termina por acudir secretamente a cabinas de sex-shop, practicar el vouyerismo e inclinarse por el sadomasoquismo. La bidisección psicológica de este personaje es realmente encomiable y cruel y resulta apasionante a ojos del espectador, desbordante y atrayente un resultado al que contribuye sin duda la impecable actuación de Isabelle Huppert, que borda un papel complejísimo y redactado a dos velocidades, en ambas, su contribución es exquisita y Cannes se lo reconoció con el premio a la mejor actriz mientras que el de mejor actor se quedó en manos de su compañero de reparto, Benoit Magimel.

Su guión es macabro, enfermizo, tóxico, pero en él se encuentra también la precisión matemática y fría para jugar con los tiempos y asir al espectador por el cuello, una obra de ingeniería como casi siempre en Haneke pero con un problema inevitable, el de tener que cocinar lentamente a los personajes durante los primeros 45 minutos a fuego muy lento, buscándole los matices, ‘introspecionándolos’ (perdón por el palabro que me acabo de inventar)  lo que puede derivar en que durante un buen rato acabes hasta el gorro de la música de Schubert y de las clases de piano, pero indiscutiblemente, sin esta preparación previa, sin meterse uno en el mundo que nos plantea, el efecto de la película no sería el mismo, de tal modo que, nos guste o no, terminamos por participar en el juego aberrante de Haneke.

Aviso que no es una película apta para todas las sensibilidades y que, las personas morbosas, tampoco encontrarán exactamente lo que buscan, aunque puede que si encuentren algún premio en esta obra incómoda, pero excelente.

 

Nota: 8

Enemigo a las puertas

Título: Enemigo a las puertas

Dirección: Jean Jacques Annaud

Interpretación: Jude Law, Joseph Fiennes, Rachel Weisz, Ed Harris, Bob Hoskins.

Francia: 2001

 

 

 

 

 

 

-“Soy una piedra, no muevo ni un músculo, lentamente me pongo nieve en la boca para que él no vea mi aliento, me tomo mi tiempo, sólo tengo una bala, dejo que se acerque, no tengo miedo”.

-“Un cazador de venados alemán, contra un pastor ruso que disparaba a lobos en los Urales, es más que un enfrentamiento entre dos naciones, es la esencia de la lucha de clases”.

-“En nombre de la Unión Soviética, ni un paso atrás, no habrá piedad para los desertores”.

Western telescópico.

Esta superproducción europea, da una vuelta de tuerca al cine bélico convencional y utiliza el western como vehículo para desarrollar la película aunque la batalla se desarrolle en la madre de todas las batallas, la de Stalingrado. Así, la película sustituye a dos pistoleros por dos francotiradores en el cruento entorno del amasijo de escombros en el que se convirtió Stalingrado durante la segunda guerra mundial y es este duelo el que mantiene en pie la acción, la intriga y la estrategia de la película, consiguiendo un efecto sorprendente que se multiplica además por no caer en el efecto maniqueista que el cine del oeste si daba a sus personajes, aquí ambos personajes son buenos y tienen razones para estar en Stalingrado, simplemente les ha tocado luchar en bandos diferentes y lo hacen lo mejor que pueden, pero incluso el personaje nazi resulta ser amable y es fácil empatizar con él.

Además de la innovadora forma de contar una guerra, ‘Enemigo a las puertas’ con una apasionante ambientación, los decorados, localizaciones y vestuario son maravillosos y consiguen recrear esa ciudad industrial horadada de metralla, polvorienta y cadavérica con una enorme precisión, aunque precisamente el rigor histórico no sea uno de los fuertes de la película.

Junto al desarrollo del duelo entre los francotiradores, la película si deja algunos apuntes históricos, como la sangría sobre el pueblo ruso en esa guerra debido a la política stalinista del ‘ni un paso atrás’ que hacía que los que retrocedieran ante las balas enemigas, fueran tiroteados por sus propios compañeros, o el efecto propagandístico en el ejercito ruso, apunte este último muy logrado, especialmente porque pese a los toques heroicos en los que la película incide demasiado, esta cinta esta basada en hechos reales, y el personaje de Vassili Zaitsev, el pastor de los Urales que cazaba lobos y se convirtió en francotirador, existió de verdad, y según la propaganda de la época abatió a todos esos oficiales alemanes hasta el punto de que el III Reich tuvo que enviar a su mejor francotirador para intentar liquidarlo. Según apunta la propia película al final, el fusil de Zaitsev aún se puede ver en el museo de historia de Moscú, el resto de los apuntos históricos sobre los que se basa la película son claramente mejorables, pero no es una pretensión del director el contarnos la verdadera batalla de Stalingrado.

La música es también un elemento importante de la cinta, junto a ella fluyen las emociones en los momentos más intensos de la película, una buena colección de puntos en los que regocijarse con el corazón encogido.

Las actuaciones de la película son también de sobresaliente, el duelo entre francotiradores es también un maravilloso duelo interpretativo entre Ed Harris y Jude Law, y Rachel Weisz borda también un papel magnífico. De aquí nace una de mis escenas favoritas del cine contemporáneo una angustiosa escena de sexo entre barracones hacinados a medio camino entre el placer y el horror que resulta ser acongojante y donde los matices que logran los actores son fantásticos.

Por el contrario, las mayores trabas de la película resultan ser su exceso de moralina  anticomunista que deja en peor lugar a los soviéticos que a los nazis de una forma innecesaria en una película donde los tintes políticos nos son imprescindibles para disfrutarla, y por otro lado, el exceso de heroicidad que llevan a algunos personajes a ser algo más que hombres lo que le hace perder cierta credibilidad a la película. Pero por todo lo demás este duelo resulta interesante divertido, lleno de buenos momentos y bien vestida técnicamente.

Nota: 8

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