Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

Déjame entrar (Let the right one in)

Título: Déjame entrar (Let the right one in)

Dirección: Tomas Alfredson

Interpretación: Kare Hedebrant, Lina Leandersson, Per Ragnar, Henrik Dahl

Suecia 2008

 

 

 

-“Oskar, no soy una chica”.

-“Esa chica debe de haberme infectado de alguna manera, no quiero seguir viviendo”.

 

Más corazón que hemoglobina.

 

Durante décadas Hollywood ha convertido el subgénero de los vampiros en un hedor de sangre y piruetas nocturnas, rebajando de categoría a una serie de películas que nacieron bajo la sombra del arte en el expresionismo alemán. Tras mucho tiempo dándole más al colmillo que a la imaginación, algo parece haber cambiado en este tipo de cine, con propuestas, como no podía ser de otra forma, alejadas de la industria norteamericana. El primer intento de romper las cadenas establecidas llegó de la mano de Park Chan-Wook y su ‘Thirst’, pero es esta maravillosa cinta sueca la primera que logra romper verdaderamente los cánones establecidos y reinventar el género de una forma conmovedora, donde hay más ternura que terror, donde hay más corazón que hemoglobina.

En ‘Déjame entrar’ no solo vemos la tormentosa vida de una niña vampiro llamada Eli, sino que nos encontramos con un torrente de sensibilidad donde además de sangre veremos acoso escolar, el amanecer de la sexualidad en el limbo de la preadolescencia, la amistad, el coraje…relatado con una poderosa sutileza y un sinfín de lecturas que la hacen una auténtica joya. En lugar de ver a bestias cometiendo salvajadas, veremos las gotas de sangre cayendo sobre la nieve, el crepitar de unos pasos acercándose, la candidez de unos niños que se descubren el uno al otro entre el amor y el temor, todo ello con una bellísima fotografía nevada que luce de una forma embriagadora y poética. La iluminación refulgente en la nieve es también aspera y sucia, dotando al film de un tono gótico-romántico maravilloso y preciosista, tan gélida como Estocolmo ochenteno que retrata, por lo que en el aspecto técnico la película también destaca.

Pero es su peculiar guión y la historia que se forja entre el niño y la ‘no-niña’ la que hace de esta película una experiencia única. Es una película íntima, armónica, donde no hace falta tirar de estereotipos, de hecho no aparecen jamás unos colmillos a lo largo de todo el metraje, la palabra vampiro sólo se dice una vez, y los efectos especiales están muy bien dosificados con una sola finalidad, el realismo. Por qué sí, ese es el gran logro de esta gran cinta sueca, cuando vamos a ver una peli de vampiros ya estamos preparados para el espectáculo sin más, pero aquí nos creemos lo que pasa, humanizamos a la  pequeña niña, nos desborda sus sentimientos casi-humanos, nos metemos de lleno en el juego que nos propone Alfredson y terminamos encantados, especialmente tras un final brillante. Un guión preciso y fascinante y con un buen puñado de escenas para no olvidar y algunos elementos simbólicos (el cubo de Rubik, la atalaya de un columpio, el código Morse en el que se comunican los dos protagonistas…) que da buena cuenta del buen manejo del lenguaje fílmico del director sueco.

Para colmo si a todo esto le sumamos dos interpretaciones magníficas de los jóvenes protagonistas, no encontramos con un peliculón de órdago, lo mejor que recuerdo en este género. Una película para verla a carótida abierta.

 

Nota: 9

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