Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

Matar a un ruiseñor

Título: Matar a un ruiseñor

Director: Robert Mulligan

Interpretación: Gregory Peck, Mary Badham, Brock Peters, Phillip Alford.

USA. 1962

 

 

 

-“Los testigos que ha presentado la acusación han basado su relato en la cínica confianza de que su testimonio no se pondría en duda, confiaban en que ustedes estarían de acuerdo en la indigna suposición de que todos los negros mientes, de que en el fondo todos los negros son seres inmorales, de que nadie se puede fiar nunca de los negros cuando están cerca de nuestras mujeres”.

– “Atticus dijo una vez, que uno no conoce realmente a un hombre hasta que uno se ha calzado sus zapatos y ha caminado con ellos”.

-“Hay hombres en este mundo que han nacido para cargar con las tareas desagradables de los demás, tú padre es uno de ellos”.

Resucitar la honestidad

Matar a un ruiseñor ha sido siempre mi clásico favorito. Historia perfecta, guión asentado y flexible, diálogos sentenciosos y abrumadores, una música celestial, y emotividad a flor de piel contando la historia a través de los ojos de una niña, con un mensaje claro y rotundo, el de la honestidad y el de la igualdad (en un contexto claramente racista en el sur de los Estados Unidos durante la época de la gran depresión). Preciosa y emotiva película para desterrar prejuicios, para ver el mundo con otros ojos, para querer a tus congéneres y superar adversidades con la cabeza alta.

Este ‘Matar a un ruiseñor’ (la frase encierra una metáfora preciosa) narra la vida de Atticus (una de las mejores interpretaciones en la carrera de Gregory Peck) un abogado viudo que vive con sus dos hijos y a los que educa en la bondad, la comprensión y la tolerancia, con grandes dosis de amor. Atticus recibe el encargo de defender a un hombre negro acusado de violar a una mujer blanca en un contexto sureño abominablemente racista, esta y otras muchas pequeñas historias que se entrecruzan en la trama consiguen reanimar al espectador, enternecerlo, inyectarle el mensaje de la tolerancia y emocionar con las ocurrencias pueriles de una niña ‘Scout’, que se comporta más como un chico y de cuya boca salen las verdades capaces de avergonzar a los mayores que le rodean en ese ambiente sureño.

Buena fotografía en blanco y negro, gran recreación del ambiente, una música que cala en tristeza y esperanza por igual y unos personajes redondos, forjados en convicciones, rumiantes de pobreza tras el crack de 1929 y (eso sí es achacable) exageradamente maniqueos. La película salva esta última circunstancia gracias a la sutileza con la que el guión va soltando las pequeñas filias de los personajes con la que se van desgranando sus corazones, segregando sus almas a cuentagotas, de forma que el trabajo de Mulligan es capaz de saltar este exceso de atribuciones a sus personajes porque se proyectan lentamente.

Pero incluso sobre la fortaleza que adquiere la trama judicial como la vía principal sobre la que se vertebra la película, existe una segunda que se desarrolla de manera más subterfugia pero que in crescendo va adquiriendo un cariz importantísimo en la película. Se trata del de la propia educación de los dos menores que viven con él, un tema que compite en importancia en la propia película y que se desarrolla con una dulzura y un encanto encomiables, para formar parte de una película imprescindible. 

Nota: 10

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