Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

Gato negro, gato blanco

Título: Gato negro, gato blanco

Dirección: Emir Kusturika

Interpretación: Bajram Severdzam, Branka Katic, Florijan Ajdini, Jasar Destani, Zabit Mehmedovski.

Yugoslavia 1998

 

 

 

-“Mamá y papá nos odiarán desde el cielo… no pueden vernos, está muy nublado”.

-“Pero como se te ocurre morirte el día de la boda de tu hijo so cabrón, ahora tendré que comprarte un traje, unos zapatos, una corbata, además de las flores y las velas, desde luego está bien muerto”.

Carnaval frenético en una boda.

Pocas personas como Kusturica saben elevar la comedia a categoría de arte visual. La película es un frenesí puro, un sinfín de situaciones absurdas e hilarantes rodadas sin solución de continuidad, un festín para la risa inabarcable, un carnaval infinito de personajes esperpénticos, alocados, absurdamente divertidos y estrafalarios, extraídos (la especialidad de Kusturica) de una especie de submundo de gitanos que vive la diversión de una forma superlativa, con ropajes y atuendos muy peculiares que agudizan la situación de caos extremo en el que se desarrolla la película.

Kusturica no tiene reparos a la hora de apelotonar una amalgama de tramas, de desarrollar tres o cuatro acciones simultáneamente en un mismo encuadre, de derrochar un colorido circense y mágico en las escenas y hasta de hacer estallar la credibilidad del guión con abuelos que resucitan, cerdos que comen coches, ocas que sirven de toallas, gigantes que se enamoran de enanos… todo vale, la locura reina en el cine de Kusturica un universo único, original, fantástico y delirante que es un grito histriónico a la vida, una carcajada descomunal.

Y a todo esto… ¿De qué va gato negro, gato blanco?, pues es verdaderamente difícil buscar una línea argumental dentro de esta burbujeante mezcolanza de situaciones esperpénticas. En general es la historia de un mafioso cutre que para pagar una deuda con otro mafioso de un clan gitano organiza la boda de su hijo con la hermana del otro, una unión que ninguno de los dos contrayentes desea. Es sólo la trama principal del aluvión de historias que zigzaguean en torno a la principal y que le roban protagonismo a lo que debiera ser el hilo argumental, lo dicho, un caos deliberado, maravilloso y sobre todo divertidísimo.

Pero al margen del rodillo de historias encantadoras que te arrollan sin piedad, lo que hace de ‘Gato negro, gato blanco’ una película incomparable, es su fuerza visual nacida de la exageración, con una escenografía palpitante. Kusturica llena cada plano con cientos de elementos que incluyen un buen puñado de personajes estrafalarios de camisas chillonas (una película coral como esta da para poner variedad de los mismos en cada escena sin resultar repetitiva), alhajas exuberantes (pistolas de oro, sillas de rueda motorizadas, crucifijos de cocaína), decenas de animales (ocas, cerdos y sobre todo los dos gatos testigos de todo lo que ocurre) más todo lo que vaya surgiendo y que tenga un sentido ‘Kitch’ para colmatar cada escena con elementos insospechados que conforman ese universo vertiginoso que te araña la vista con una lucidez soberbia, un vehículo de expresión inigualable.

Pero tras esta chispeante comedia también se esconde la crítica a las mafias, a los que tratan de hacer dinero con la guerra, a los matrimonios concertados, al contrabando a los crímenes de guerra. Es un homenaje de Kusturica a su patria ya extinta y también al pueblo zíngaro, una entropía diseminada magistralmente.

Nota: 9

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