Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

El último tango en París

Título: El último tango en París.

Dirección: Bernardo Bertolucci

Interpretación: Marlon Brando, Maria Schneider.

Italia. 1972

 

 

 

 

 

 

 

-“Tú y yo nos encontraremos aquí sin saber nada de lo que nos ocurra fuera, venimos a olvidar”.

-“Durante toda mi vida me han puesto un millón de nombres y no me quedo con ninguno, prefiero un gruñido”.

-“Tu soledad es abrumadora, no es indulgente, no es generosa… eres egoista”

Soledades con mantequilla.

El portentoso Marlo Brando que nos encontramos en esta película, su entrega total a un papel complejísimo y el prodigioso resultado que consigue ya es un elemento más que suficiente para elevar a esta película a los altares, pero no se queda ahí, ‘El ultimo tango en París’ tiene un guión esplendoroso basado principalmente en los diálogos y una fotografía para enmarcar, con una iluminación triste y grisácea, irradiación superlativa del estado de ánimo de dos personajes perfilados en cada una de sus células a los que llegamos a conocer profundamente, dolorosamente.

Cuenta la leyenda que Brando improvisó gran parte de sus diálogos con el consentimiento tácito de Bertolucci, si es así, el acierto es primoroso, porque la cadencia con la que va narrando sus pensamientos este personaje perturbado, triste, solo, asqueado tras el suicidio de su mujer, la ironía que desprende de cada una de sus palabras, la angustia que produce el saber que detrás de sus frases yace la experiencia… no sé, los diálogos que fluyen de Brando pueden tener un cariz casi absurdo, abyecto incluso en otras bocas, por las atrocidades que suelta con tanta espontaneidad, pero de los labios de este personaje mancillado, vienen acompañadas de la losa de la verdad absoluta, palabras con un sentido filosófico y racional que significan mucho más de lo que quieren decir.

Es una lástima que la película haya pasado a la historia más por sus escenas eróticas que por otras de sus virtudes, aunque indiscutiblemente la imbricaciones sexuales que muestra la película  merecen su lugar en la historia del cine, eso sí, no esperen nada demasiado explícito, porque aparte de algunos desnudos integrales de la bellísima María Schneider, no verán nada más, ya que el director cuida mucho la escena para hacer del sexo algo casi poético y es ahí donde entran en escena el vaho de la ducha, las cortinas de visillo, las sábanas entreveladas, para dar más poder a la imaginación que a la visión, un resultado que personalmente me gusta más.

En cualquier caso, el sexo en sus diferentes variedades, formas y posturas, tienen también (al igual que los diálogos) algo más que el sentido literal del placer. En la famosa escena de la mantequilla (Cuenta también la leyenda que la misma se rodó sin el consentimiento de la actriz) el coito anal no es ya una penetración, sino una profanación de los valores derruidos del personaje de Brando y en el caso de Schneider, una sumisión a su aburguesamiento que le esperan a las puertas de una boda (“No se lo que hacen los adultos, acabo de empezar a serlo”, le contesta en una escena).

Y con tanto cuerpo entrelazado, mi escena favorita de esta bellísima obra no tiene nada de erótico. El monólogo que mantiene Brando hablándole a su difunta mujer corpore in sepulto’ es de lo mejor que se ha hecho jamás en el cine, la fuerza de la escena sobrecoge irremediablemente, algo que también consigue el final, poético, dramático… la guinda perfecta.

Nota: 9

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