Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

La anguila

Título: La Anguila

Dirección: Shohei Imamura

Interpretación: Koyi Yakusho, Misa Shimizu, Fujio Tsuneta, Mitsuko Baisho, Akira Emoto.

Japón. 1997

 

 

 

 

 

 

-“He intentado olvidarla, pero estas manos no pueden, constantemente veo la cuchilla desgarrando su carne”.

-“¿Porqué tienes una anguila como mascota?  Por que siempre me escucha y nunca me dice lo que no quiero oír”.

-“Los ovnis no existen, los inventaron la tele y la radio para aumentar la audiencia, a estas alturas ya deberíamos saberlo”.

 

Escurridiza.

 

Imamura nos trae una película de contrastes, a veces (especialmente en su inicio) es violenta y enérgica, mientras que en otros puntos es sosegada y discurre a modo de comedia melancólica. También contrastan sus reflexiones y profundos dilemas sobre la vida con el carácter alocado y grotesco de los personajes que van desfilando por la pantalla. Y es que a modo de lo que ya hiciera en su otra película ganadora del Festival de Cannes ( Con la balada de Narayama lo hizo en 1983 y aquí lo consigue de nuevo en 1997) o al modo de Fellini o el propio Almodovar, no encontramos en la película todo un rosario de personajes esperpénticos, residuales en su mayoría y que van desde una mujer mayor que sueña con ser bailaora flamenca, un cazador de ovnis, un mafioso de barrio, un sacerdote budista, un violador en potencia, y por su puesto el protagonista, que tiene como mascota una anguila.

La historia de esta película (The Eel en inglés) comienza con un fuerte shock el de un hombre que cuando sale de trabajar de su oficina es avisado mediante anónimo de que su mujer le pone los cuernos cada vez que sale a pescar, el hombre lo comprueba y en un arrebato de ira asesina a  su mujer y se entrega a la policía. Ocho años después sale de la cárcel en libertad condicional y sobrevivirá como barbero junto a una mujer (sin sexo mediante) a la que previamente salvó la vida.

Esta a priori sencilla historia y con bastante interés tiene la desventaja de ser desordenada, y ciclotímica, con fugaces cambios de un estado a otro en el espectador que suponen un verdadero lío. La película es así escurridiza, muy difícil de seguir por el espectador que no sabe como empatizar en cada momento ante tanto cambio en el estado de ánimo de sus personajes, curiosos pero inestables personajes.

Muy logrado está el paralelismo que el director trata de realizar entre el protagonista y su mascota, que después de viajar 2.000 kilómetros vuelve a casa para vivir en el barro, como se encarga de recordar en una escena.

No le niego a la película buenas dosis de sensibilidad y una buena fotografía muy al estilo oriental, pero su empecinamiento por cambiar de tono tan abruptamente me sobrepone y en esta tesitura es difícil emocionarse o dejarse arrastrar por las dosis de ternura que intenta aplicar en varios momentos.

 

Nota: 6

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