Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

La eternidad y un día

Título: La eternidad y un día

Dirección: Theo Angelopoulos

Interpretación: Bruno Ganz, Isabelle Renauld, Fabrizio Bentivoglio, Achilleas Skevis.

Grecia. 1998

 

 

 

 

 

-“Últimamente mi único contacto con el mundo es ese desconocido de enfrente que me responde siempre con la misma música”.

-¿Porqué madre, nada sucede como esperábamos? ¿Porqué hace falta que uno se pudra en silencio, dividido entre el dolor y el deseo? ¿Porqué viví mi vida en el exilio? ¿Porqué conocí el regreso, el sentirme extraño hablando mi propio idioma?

 

El último día de la eternidad.

 

A la película le cuesta arrancar, camina sus primeros metros bajo una pesadumbre ambiental, con pies de plomo, sin nada que contar, sin cebo para el espectador. Durante los primeros 25 minutos la cinta es un ataúd camino de la fosa, pero es ahí cuando comienza a remontar, cuando el personaje principal deja de ser un islote rocoso para hacerse más humano, profundamente humano, para desgranarse y exhibirse en carne viva, cuando los diálogos atizan el lirismo en las frases, cuando la música afila los recuerdos y las añoranzas, cuando la vida se hace más sensible y palpitante ante la muerte. Así es ‘La eternidad y un día’ un filme griego sobre el último día de un poeta que se lanza al mundo para encontrarse (las soledades se atraen como imanes) a un pequeño inmigrante albano que se gana la vida limpiando parabrisas en los semáforos y con el que conectará de una forma muy sentimental amparados quizás en una mutua condescendencia. Y es en este ocaso de la vida cuando el viejo Alexandre redescubre las ansias de vivir. Con su nuevo amigo cogido de la mano, el viejo poeta rememorará un flash back tras otro, momentos de su infancia y de su juventud, recorrerá con sigilo las sendas del pasado y se detendrá en ese poeta que viniendo del exilio y sin conocer el idioma comenzó a comprar palabras a los habitantes para componer un poema en esa lengua extraña, una anécdota de especial trascendencia para la película

Angelopoulos logra una profunda introspección en el personaje, en su mente, en su vida y en su muerte, en un recorrido completo que aflora con una secreta empatía hacia el mismo, un apego difícil de soltar una vez se ha soldado al alma.

Para los ansiosos habrá que advertir que la película fluye muy lentamente, el propio mecanismo de la película requiere de cierta parsimonia y los que no conecten (ya digo que a mi me costó 25 minutos) se desesperarán. De hecho, pese a sus virtudes técnicas, uno de sus defectos recae en la repetición de los recursos fílmicos que utiliza para emocionar o conectar. Por un lado, la película es una concatenación de planos-secuencia, medidos, precisos, perfilados de una forma aritmética y que incluso cuidan detalles tan complejos como la simetría, pero al fin y al cabo sólo hay un recurso para hacer avanzar la película, y por muy bien realizados que estén esto le confiere cierta pobreza técnica, los mismo ocurre con la profundidad de campo, la cámara se muestra magistral recogiendo confines, pero es que el recurso de recoger la escena a través de un espejo, o de saltarse una ventana para adentrarse en el mar los repite varias veces a lo largo del metraje. También fabrica de una forma magistral (emponzoñando el alma de ternura) los paisajes urbanos de Tesalónica, pero todos son lluviosos, con las luces difusas a través de los cristales, con el mar blandiendo sus olas. Todo lo hace con un lirismo acongojante, pero todo lo repite, es pobre en recursos.

Su capacidad de conmover y serenar ofrece un buen refugio para una noche lluviosa, una película que en determinados estados emocionales puede atraparte.

 

Nota: 7

 

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