Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

El verdugo

Título: El verdugo.

Dirección: Luis García Berlanga.

Interpretación: José Isbert, Nino Manfredi, Emma Penella, José Luis López Vázquez.

España 1963

 

 

 

 

 

 

-“Le avisan que tiene que ir a matar a uno. Que desgracia!”

-“El piso ya no me interesa, nos vamos a la calle, yo quiere vivir tranquilo con mi mujer y con mi hijo”.

-“Me hacen reír los que dicen que el garrote es inhumano. ¿Qué es mejor, la guillotina? ¿Usted cree que se puede enterrar a un hombre hecho pedazos?”

 

 

¿Quién es el condenado?

 

Casi medio siglo después, con la dictadura enterrada en los rescoldos del pasado, sorprende que la fuerza argumental de El Verdugo, sus planteamientos morales y sobre todo su sarcástico e hiriente humor negro sigan respondiendo con frescura, y llamando subrepticiamente hacia la rebelión a una amenaza que ya no existe. Sólo las piernas temblorosas del protagonista representan el más valiente alegato contra la pena de muerte llevado a cabo en el cine español, una historia con críticas a la dictadura, a las fuerzas policiales, al funcionariado y a los ojos cerrados de toda una sociedad española que pasó la criba de la censura de una forma sorprendente e inexplicable desde el punto de vista de un espectador actual. Su mensaje, aunque escondido, está a ras de suelo y no hundido en subterfugios o en metáforas difícilmente apreciables en un primer visionado. Su grito está a flor de piel y su única máscara es el humor, jocoso aún en nuestros días. En la que fuera la última actuación del gran Pepe Isbert, lo borda, la actuación del anciano, que tiene que hacer de abogado del diablo, de reflejo de la sociedad en muchos casos, justificando con tópicos las aberraciones del asesinato de estado, es magnífica, teniendo en cuenta que sabe soltar ese crudo mensaje solapado con una cierta mirada de ternura e ironía al mismo tiempo, una actuación para el que Luis García Berlanga deja las frases más ingeniosas y cargadas de segundas intenciones de toda la película, frases estudiadas para comprender la ceguera social ante un problema de gran calado.

La técnica utilizada es sencilla pero llamativa, casi toda la película se basa en planos secuencias que en algunos casos requieren de cierta destreza y en otros se basan en simples planos fijos, pero en cada caso hay una intencionalidad y una razón de ser y en general, Belanga prefiere no cortar la acción y dejar un protagonismo a los diálogos de corrido, sin interrupción de otros planos para calar más en el espectador.

También tiene una importancia relevante en la película los contrapuntos, la distorsión que se produce al mezclar los planteamientos morales que conlleva la pena de muerte, en un entorno como Palma de Mallorca donde se explota un ‘divertido’ e incipiente turismo exponiendo dos caras muy diferentes de una misma moneda, una cuya imagen llega al exterior y la otra que se esconde en le interior de una cárcel.

De todo ello, de su destreza en el guión, de su capacidad para hacer reír al público, de su habilidad con algunos gestos con intenciones alegóricas surge una pregunta básica ¿Quién es el condenado?, ¿el reo o la sociedad que lo ajusticia?. Una sátira impagable rodada con una naturalidad sorprendente.

Nota: 8

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