Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

El ladrón de bicicletas

Título: El ladrón de bicicletas

Dirección: Vittorio de Sica

Interpretación: Lamberto Maggiorani, Enzo Staiola, Lianella Carell.

Italia. 1948

 

 

 

 

 

 

-“Para comer como ellos, necesitaríamos ganar un millón de liras”

-“Si usted supiese, agente, lo importante que es esa bicicleta para mí”.

 

La felicidad va sobre ruedas

Obra maestra del cine universal, culmen del neorrealismo italiano y una de las películas más influyentes de toda la historia del cine, El ladrón de bicicletas cautiva por su belleza y por su sutil crítica social que golpea en todos los estamentos de poder con una contundencia feroz sin apenas percibirse. Porque, a ras de suelo, es una película amable, donde las relaciones paterno filiales son entrañables, donde siempre hay lugar para una sonrisa pese a las penurias que se puedan pasar, donde una lágrima a tiempo, no es un sin vivir, pero en el fondo de esta latente relación de los personajes mientras hacen labores detectivescas para encontrar la bicicleta, hurga casi de pasada en la herida del paro, la delincuencia, la desigualdad de clases, la mentira, los procesos narcotizadores para la clase obrera, la inutilidad de algunas instituciones (la policía no sale muy bien parada en esta película). El guión es una obra de orfebrería, perfectamente maquinado, con un ritmo firme, nunca aburre y la acción es continua sin caer en espectáculos baratos ni artificios innecesarios (de lo contrario no sería neorrealismo), con la capacidad de volver una y otra vez a los mismos elementos para unificar la historia y darle continuidad y con un final espléndido la finalización correcta a la que se ve forzado el protagonista conforme el pasillo de la historia se le va estrechando. Aunque sea un poco tramposo, la utilización del joven niño protagonista (Bruno en la película) para afilar los vellos en las escenas más emotivas está perfectamente lograda y es que tanto el niño como su padre bordan un papel complejo y emotivo que dominan a la perfección. Otra de los mayores logros del filme es la sabia utilización de los tumultos humanos para dibujar la desesperación de toda una Italia y no circunscribir el problema a estos dos personajes, largas colas para coger el tranvía, calles atestadas de bicicleta mientras al protagonista le roban la suya, manadas de seguidores que van al futbol, o el tumulto que se forma en el amago de una pelea, dotan de mayor fuerza si cabe a la historia, advirtiendo siempre de que lo que ocurre en la película es un reflejo social y no un simple ejemplo. La fotografía en blanco y negro se muestra casi como la de un documental, prácticamente todo el rodaje es en exteriores, y los desconchones en las paredes y lo elementos urbanos desfigurados por el desgaste son el componente en el que deambulas cientos de personas, es una fotografía en la que tiene más fuerza el paisanaje que el paisaje.

Nota: 8

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