Palomitas con choco

Críticas de cine, desde Huelva

Capitanes intrépidos

Título: Capitanes Intrépidos.

Dirección: Victor Fleming

Intérpretes: Spencer Tracy, Freddie Bartholomew, Lionel Barrymore

USA 1937

 

 

 

 

 

-“Ya has oído a mi padre: Ahora eres uno más de la tripulación”.

“¿Qué no tengo nada? Mi padre me enseñó a cantar al sol y a las estrellas, me regaló este instrumento con el que hacer música, me enseñó a pescar y me dio brazos y piernas fuertes, y además tenía dieciséis hijos más. ¿Qué sabrás tú, pescadito…?”

Oda a la honestidad

-Capitanes intrépidos es de esas películas capaces de desmenuzarte el alma con un suspiro. Sin grandes pretensiones artísticas, sin arrojar por la borda enormes cantidades de dinero, es una cinta absolutamente emotiva que te rasga el corazón y que se mueve como pez en el agua entre la aventura y el drama. Pero es además una película de valores, demasiado doctrinante en moral católica (estamos hablando de un filme de 1937) pero que va mucho más allá de la religión, tanto que no hay predicador que pueda imbuir tanto amor, tanto sentido de la responsabilidad, tal alabanza al esfuerzo y al trabajo duro, tal oda a la honradez, que castiga la pretenciosidad, que muestre con tal fortaleza el valor de una familia como esta película. Soberbio en la dirección de Victor Fleming, la película cabalga entre una serie de personajes, definidos, redondos, de piel que están interpretados de una forma magnífica tanto por el marinero Manuel (Spencer Tracy se llevó el Oscar por su actuación en el único gran reconocimiento que llevárase esta película) como por el niño Freddie Bartholomew, en una de las mejores interpretaciones hecha jamás por un niño en toda la historia del cine. Un guión de peso, con frases que marcan como un arado y un ritmo perfecto entre la emoción y el desasosiego, que jamás aburre, sin necesidad de que la taquicardia tenga que hacer presa del espectador, completan una obra sublime, que, además, es de esas pocas joyas del cine clásico por las que el paso del tiempo no influyen, las buenas historias y los buenos sentimientos pervivirán por siempre y esta película los saca a flor de piel, haciendo gala de un conocimiento de esa indescifrable lágrima primigenia común a toda la humanidad. Es además un filme optimista, con un dulce sabor de boca que pone sobre la mesa la condición del ser humano afirmando que se puede cambiar, que hay algo bueno dentro de cada uno de nosotros, aunque no siempre lo mostremos. Una obra completa y maravillosa.

 Nota: 10

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